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Enero 2011
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Alojado en
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Hoy me falta tu aliento danzante.
Mis manos de agua se secan despacio
Al calor del vacío que dejas.
Quisiera olvidarte esta noche al instante,
Dejar de soñar que te tengo delante
Volver a encontrar tu sonrisa primera
¡Vivir de tu aura y cumplir mi condena!
Vaciar mi desnuda caricia…
Y amarte.

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Quisiera buscar tu sonrisa esta noche triste.
Quisiera encontrar inocente pecado entre tus flores
esta noche tan triste.
Poner mi tristeza en tus labios,
Jugar a ser árbol tarado,
Caer a tus pies mientras pienso,
Que al caer un poco de viento,
Te llega desnudo en la noche
En que lloro vocablos.
Quisiera buscar en tu piel aquel leve lamento.
Surcar con mi dedo el sudor que se queda en tu sueño.
Quisiera rozarte la espalda
Con cientos de madrugadas.
Quisiera estar triste a tu lado
Tumbado en tu cama.
Quisiera enviarte mi sueño esta noche triste.
El alma tan sólo te ofrezco
Esta noche tan triste.
Hasta Mañana.
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Maldigo tu presencia esta noche, viejo amigo
Pues las miradas no engañan
Hoy siento tu esputo en mi cara
Hoy siento tu esputo en mi alma.
Cazaste palomas volando en el tiempo
Y de un beso cortaste sus alas
Caíste rodando a mi noche, compañero
Gritándome: ¡Soy una estafa!
Mentiste, mi amigo, pues tú eres sincero
La estafa es tan sólo el que habla.
Hoy siento tu esputo en mi cara,
Sincero,
Hoy lloro tu esputo en mi alma.
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Abismo,
¿Por qué me miras?
No lo entiendo, me conoces,
Ves mi rostro cada noche
Y aún así me miras.
Soy aquel que viste el caos
¿Recuerdas?
Aquel que su ausencia habita
¡Recuerda!
Aquel que bebe tu llanto
¡¡Recuerda!!
Aquel de quien nadie cuida.
Recuerda, Abismo
Fuimos amantes
Tú viniste a ser mi sombra
Y me quisiste como a nadie
Yo te odiaba de otro modo
Pariste miles de monstruos
Con mi rostro más sociable
Aún recorren mis pasillos
Y aún juegan a buscarte.
Abismo, me sigues mirando
¡Ya lo recuerdo, sanaste!
Tú ya no tienes memoria
Tu locura, en un instante
Se quedó en aquella estrofa
La olvidaste
Por eso te quedas mirando
Con tus ojos caos oscuro
Y tu eterna luz de mueca
Distraída, muerta, amable.
Recuérdame, pues, Abismo
A veces pienso en tu sangre
A veces miro tu borde
Y juego a saltar un instante
Para salir en tu busca, abismo
Y así olvidarte.
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Aquí, entre la penumbra de la madre noche, aquella que esconde mentiras y verdades bajo su falda, intento esconder mi aterrado rostro. Miro mis manos. Miro mis ensangrentadas manos. La travesura de la Luna juega dibujando extrañas sombras en ellas con la sangre reseca. Mis manos, antes impávidas y ahora temblorosas, intentan que no lleguen a tocarse los dedos entre sí. Quizás por vergüenza ante el acto que acabo de cometer. Quizás por no deformar los perfectos dibujos que sobre ellas hay.
Desde hoy soy un asesino. Lo seré siempre. Quizás lo fuera antes. No lo sé. Seguro que llevo mucho tiempo siéndolo sin saberlo.
El canto de las campanas sobre mi cabeza me dicen que es tarde, muy tarde. El silencio a mi espalda me grita que aún tengo tiempo de escapar. Quizás pueda hacerlo. Me levanto torpemente, con lentitud. Miro por última vez su cadáver sin vida y dirijo mis adormecidos pasos a la escalera.
- Eres un asesino – me digo a mí mismo en voz baja mientras abandono el campanario y salgo a la calle.
- Eres un asesino – me repito ya sin tener en cuenta el tono de mi voz. Apenas puedo oírme. Tan sólo oigo mis pasos sobre el asfalto intentando tomar el mismo ritmo que los latidos de mi sucio corazón.
- ¡Eres un asesino! – Me grito mientras, a la luz de las farolas vuelvo a ver la sangre en mis ropas, mis manos y mi alma.
He asesinado a mi tiempo. He abandonado su cadáver en el campanario del pasado.
- Quizás esté moribundo – Me consuelo mientras las sombras nocturnas van dando paso a perceptibles formas y yo me pierdo detrás de una esquina cualquiera. Quizás para siempre.
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Hoy mis fuerzas no me hieren, Vómito de perro hambriento. Quemaste mis alas con tu risa. Helaste mi risa sin tu ausencia. Voy a clavarme una estrofa en las sienes, En silencio, Ante tu puerta.
Inconsciente caeré al suelo, Vómito de perro hambriento, Lloraré por saber qué se siente. Gritaré hasta que tus labios sangren. Voy a cubrir tu mortaja Con mil vientos insaciables Y mentiras sinceras.
Hoy mi mano está en tu hueco, Vómito de perro hambriento. Voy a pensar en tu sombra. De tus ojos ni me acuerdo. Voy a incrustarme un verso nuevo En el aire que escupiste En mi silencio, Vómito de perro hambriento.
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Pájaro herido
Posé mis pies en la arena
Desnudos de la maleza
Quisieron cobrarme el silencio
Quisieron cobrarme la huella
No sabía que era delito
Pensar en pájaro herido
Sin pagar las consecuencias.
Levanté mis pies del barro
Me adentré en la espesa selva
Entre dardos de conjuros
Entre miles de condenas
No sabía que era delito
Pensar en pájaro herido
Sin pagar las consecuencias.
Y vosotros que jugáis
En el Olimpo del “tengo”
Fabricáis medias sonrisas
Claudicáis al miedo eterno
No lloréis ante la herida
Abierta y casi podrida
De mi viejo pájaro enfermo.
Y vosotros que jugáis
Con los pensares ajenos
Que bebéis párvulos sueños
Traficáis con el silencio
¡Que borráis mi autorretrato!
Con la yema de los dedos
¡Miradme pues a los ojos!
¡¡Penetrad en mi lamento!!
¡¡¡Y veréis que soy feliz
En mi tormento.!!!
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El cristal de mi ventana me cuenta todo. Me cuenta que las gotas de lluvia quieren borrar el gris del asfalto a base de golpes. Los primeros tímidos, distantes, casi besando la grava en vez de golpearla. Luego lo hace con más fuerza, intentando sorprenderlo. El asfalto se defiende casi sin esfuerzo. En unos segundos no quedan huecos claros en él ya que cada golpe de lluvia ha sido respondido con un gris más oscuro. La lluvia, vencida en su orgullo, termina golpeando a la propia agua que cayó antes. Ya casi no lo toca siquiera y vencida, en grupo, se va retirando formando una fila junto al bordillo de la acera. Pero en su huída no quiere darse por vencida aún, insiste, sigue insistiendo sin cambiar de táctica aunque esta vez el grueso de su ejército es mayor, tanto que apenas dejan pasar la luz del sol entre las gotas que aún esperan su turno allá en el cielo. Se enfurece, golpea con más fuerza, con rabia, desesperadamente. El gris del asfalto, en cambio, está tranquilo, confiado, seguro de su dureza. Al cabo de un rato la lluvia se cansa, los golpes ya no tienen fuerza alguna y se retira lentamente, vencida. Y esperando el próximo encuentro dejan en el campo de batalla los cadáveres que cayeron heroicamente mientras se consuela pensando: “lo hemos ablandado un poco más”
Después se retira a los campos. La tierra la recibe con alegría y jolgorio. Se besan, se rozan, se acarician. La lluvia se incrusta en la tierra y esta no puede hacer otra cosa que gemir. Hacen el amor entre gritos y gemidos. Hacen el amor enérgicamente, con la pasión de dos enamorados que creen que se conocen sin hacerlo. Y lloran y ríen y gozan y sueñan y bailan. Y tras el acto, el silencio, la calma. Descansan en completo silencio. Después, sin importarles cuando volverán a verse, no se despiden, sino que se miran y se alejan. La tierra sonríe. La lluvia se pierde buscando un nuevo asfalto con quien luchar y una nueva tierra a quien amar, condenada al viaje eterno se pone el abrigo y coge el paraguas. “Mañana puede que llueva” – susurra mirando al cielo.
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Parecías silencio
Portando tu cetro en los labios
Envuelta en tu manto de sueño
Apenas podía dejar de mirarte
Apenas dejaba de hacerlo.
Apenas podía dejar de hacerlo.
.
Mis sueños vagaban desnudos
Mis manos rezaban tocarte
Mi tacto moría en tu piel
Mis ojos cegaban mis ansias
De ser quien genere tu sed.
De ser el que brote en tu sed.
.
Te miro y sé cada ausencia
Que torna tu risa en venganza
Aquello que esculpes tan bien
Aquello escrito en tu manta
Aquello tatuado en mi sien
Que tengo tatuado en mi sien.
.
¿Quién osaría decirme
Que ya no te volveré a ver?
¿Quién me diría a los ojos
Que mientras te miro la espalda
Mis ansias se quedarían de pie?
Mi ansia aquí sigue de pie.
.
Y callo con cara de idiota
Guardo el billete cruel
Encima de sueños desnudos
Al lado de mi propia piel
Me resigno y miro al instante
La tarde ya empieza a caer
Mis palabras la guardo en olvido
Parece que puede llover.
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El agua de nuestro río
Fluye en el mismo sentido.
Si las palabras se hacen aire
Y ese aire se hace eco
Que traspasa las verdades
Sin dejar de ser silencio.
Si vestimos nuestras almas
Con sarcasmo y desafío
Si las notas que te hieren
Hacen mella en mi camino
Nunca olvides mis palabras
Nunca olvides, viejo amigo
Que el agua que las transportan
Fluye en tu mismo sentido.
Que si Κρόνος lo permite
Que si Έρμῆς llega a tiempo
Juntaremos nuestras aguas
¡Seguiremos aún fluyendo!
Bendecidos por las manos
Y los labios y el aliento
De Ἑστία Hestía
Beberemos vino sangriento.
Abrí mis pensares desnudos
Cualquier página al azar
Y en sus palabras ardientes
Y en sus palabras desnudas
Hasta que la agua suenen
Hasta que los ríos fluyan
Permaneceré ante la oración del Señor, sin nada en mi lengua
más que Aleluya
Y Forever Young.
Si las palabras se hacen aire
Y ese aire se hace frío
Nunca olvides mis palabras
Nunca olvides, viejo amigo
Porque el agua que las transportan
Fluye en tu mismo sentido.
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Que tus palabras renazcan de mi sangre
Que mi sangre sea saliva de tus vientos
Que tus vientos ¡ay! me digan al oído
Que tus placeres nacieron del silencio.
Que mi silencio sea la envidia de los cuerdos
Que mis palabras se oigan y se olviden
Que mis olvidos sagrados sean paganos
Que mi creencia sea solo un bello sueño.
Y que mis sueños transporten mis desdichas
Que las conviertan en parte de mi vida
Y que mi vida sea solo recordada
Por las palabras desnudas y oxidadas
Ante el mar de sangre y lodo
Ante el viento y el rescoldo
De los maderos que duermen en la arena
De los naufragios de mi alma traicionera
Del sabor que deja un beso
Del color del mar incierto
Y del regazo perdido
Del encontrado cobijo
Que me brindas cada noche
En cada beso.
Destino.
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Los ojos del joven se centraron en una extensa ventana cerrada en el tosco edificio que había frente al suyo. En ella no había nada, excepto una dulce sonrisa adherida a un joven y hermoso rostro. Esa fue la primera vez que la vio, desde aquel momento no dejó de verla aún cuando, en la más absoluta oscuridad se levantaba de madrugada y la buscaba en la ventana de enfrente sin encontrarla. A pesar de su sonrisa cierto aire melancólico vestía aquel rostro. No tenías más de veinticinco años ni menos de veinte. Durante un largo rato estuvo contemplando como la joven escribía algo sentada frente a su ventana. Desde aquella tarde, cuando llegaba del trabajo abría las contraventanas de su apartamento y se dedicaba a observarla. Esto, más que un pasatiempo, se convirtió casi en una obsesión.
Una tarde vio como su hermosa y delicada vecina asomaba su bello rostro a la calle y dejaba caer un paquete sobre la acera. Inmediatamente bajó las escaleras y fue a buscarlo. Lo recogió del suelo y se lo llevó a casa. Lo depositó sobre una gran mesa de madera de cedro que presidía el centro del salón y estuvo mirándolo durante horas. "Si lo ha dejado caer es porque quiere que alguien lo abra" – se decía. "Voy a abrirlo" e inmediatamente cambiaba de idea: "Debo cruzar la calle y entregárselo, eso estaría mejor". Sus dudas hicieron que la tarde pasara muy deprisa y cuando cayó la noche no pudo aguantar más la curiosidad y lo abrió. En él había un escueto mensaje que decía: "En este paquete no dejo otra cosa que mi propia muerte. Y tú, que lo recogiste, eres legítimo dueño de ella." Este mensaje hizo dudar al joven "En este paquete no dejo sino mi propia muerte" - se repetía - "¿qué querrá decir esto?" Al notar cierto peso en el papel de dio cuenta que en el reverso de este estaba adherida una pequeña llave. Esta era demasiado pequeña para ser de una puerta y demasiado grande para ser de un joyero. La tomó entre sus dedos y la examinó detenidamente mientras caminaba hacia el dormitorio y se sentaba en el borde de la cama. Así pasó la noche, deambulando por la habitación o tumbado mientras alzaba la llave que, en cierto modo le había sido entregada. Al fin le venció el sueño.
A la mañana siguiente se decidió a llevar el paquete a su dueña. Al llegar a la puerta del piso vio que estaba entreabierta. Entró y se encontró en un enorme salón completamente vacío. No había nadie. No había nada. Ni un solo mueble. Ni un solo indicio de haber sido habitado en los últimos meses. Pensó que se había equivocado y se asomó a la ventana. Desde esta, justo enfrente, podía ver su pequeño apartamento. No había duda. Estaba en el sitio correcto. Pero ¿por qué ha desalojado todo con tanta presura? Entonces buscó por cada rincón de las habitaciones vacías. Un papel, cualquier pista que le llevara a la cerradura que encajara con la llave que tenía en su mano. Al llegar al dormitorio, en un rincón, encontró un baúl de unos cuarenta centímetros de alto y otros tantos de fondo. Intentó meter la llave pero esta no entraba. Lo intentó varias veces, pero era imposible hacerla encajar. Su desilusión iba en aumento cuando decidió darle la vuelta y la llave entró completamente en la cerradura. La giró y abrió el baúl muy lentamente. Cual fue su sorpresa al descubrir que aquel baúl tan sólo contenía una cosa, cientos de cosas pero todas eran lo mismo: cartas. Cientos de cartas sin franquear, ordenadas cronológicamente y unidas entre sí por elegantes lazos de seda rojos, formando pequeños paquetes de 15 ó 20. Aunque le pareció que no actuaba correctamente abrió una de ellas, y comenzó a leer:
"Estimado y desconocido vecino:
Me alega sobremanera que su planta ya se encuentre bien. Temí que terminara de secarse y vi cómo sus verdes hojas iban cogiendo un tono amarillento, pero gracias a sus cuidados han vuelto a su color natural. Hubo un momento en que sentí ciertos celos de su planta. ¡Qué tontería! ¿No? Pero yo no soy más que eso, una delicada planta que necesita de sus cuidados, aunque nunca me atrevería a pedírselos.
P.D.: Está usted muy elegante con la bata nueva. Le da cierto aire intelectual. En realidad está usted muy elegante siempre."
Estas palabras hicieron que el joven se sintiera muy sorprendido, pero aún más cuando vio la fecha en que fue escrita. ¡¡¡Era de tres años antes!!!
Volvió a dejar la carta donde la había encontrado y buscó la más antigua. Esta databa de cinco años atrás. Justo el día en que él se mudó a su nuevo apartamento. Se sentó en el frío suelo y comenzó a leer una tras otra. A medida que iba avanzando en su lectura se iba dando cuenta que, reflejada en esas cartas estaba cada detalle de su aburrida existencia en los últimos años, desde la evolución de un simple resfriado hasta la enfermedad de sus plantas bajo la ventana de enfrente.
Al llegar a la última, vio que esta no estaba escrita, sino que, salvo unos trazos incoloros en una de sus caras, permanecía con el mismo tono inmaculado y uniforme que vestía cuando salió de la tienda. Se la llevó a casa y estuvo inspeccionándola un buen rato. Se disponía a cenar, con el papel a un lado de la mesa cuando, de pronto, lo vio todo claro. Limón. De pequeño fabricaba una especie de tinta invisible a base de limón la cual, al calentarse sobre una llama cambiaba de color dejando ver el texto escrito anteriormente. Eso hizo, encendió una vela y poco a poco fue apareciendo el mensaje oculto. Comenzó a leer antes de aparecer todas las letras, y un trozo del final del papel comenzó a arder. Se levantó y apagó el pequeño incendio golpeando la carta enrollada sobre la mesa. Al fin pudo leer lo que decía:
"Amado y venerado vecino:
Esta situación se me hace insoportable. Soy débil, y no aguantaría una negativa tuya a mis más sinceras pretensiones, por lo que he decidido no hablarte personalmente. Eres todo y sin ti no existo. Puesto que no eres mío he decidido quitarme la vida que no tengo contigo. Imagino que ya habrá oscurecido, por lo que habrás encendido tu pequeña lámpara de aceite y estarás leyendo mientas te das un pequeño masaje circular sobre tu barbilla. No se si me amas, pero si no lo haces y no vienes a impedirlo mis días acabarán a las doce en punto y el lugar elegido para este fin es…"
La última parte estaba totalmente carbonizada, por lo que le fue imposible leer el lugar en concreto. Sobre fondo negro, y a modo de negativo, pudo reconstruir la última frase. "En un doble fondo del baúl hay una última carta."
Bajó de inmediato y cruzó la calle. Cuando despegó el papel con el que estaba decorado el interior del baúl la encontró. Allí estaba. Quizás fuera un a copia de la carta anterior y así podría ver donde estaba la dulce criatura que era dueña de las letras antes leídas.
"Amado y Adorado vecino:
No soporto la idea de morir sin ti. El papel que tienes en tus manos ha sido rociado con arsénico, que pronto empezará a hacer su efecto. Un Beso de aquella que te quiere y que espera hacerlo siempre, junto a ti, para toda la eternidad."
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"La visita"
…entonces desperté y la incapacidad de movimiento, aquella que viene de la mano del terror más absoluto, se apoderó de mi cuerpo indefenso. Intenté levantarme de aquella silla pero no pude. Ninguna cuerda inmovilizaba mis manos, ninguna mordaza callaban mis gritos de horror, pero no podía ver, no podía moverme, tan sólo podía oír como merodeabas a mi alrededor, en silencio, inspeccionando cada poro de mi sudorosa piel. Forcé mis ojos para intentar vislumbrar un atisbo de luz, con idea de, al menos ubicar la ventana y saber así mi posición. Fue imposible. Entonces surgió una duda: ¿quién eras?, aunque aquella no era la pregunta adecuada, sino la que vino a continuación: ¿qué querías hacer conmigo?. No podía imaginarlo y aquella idea me aterrorizaba sobremanera.
Te detuviste detrás de mí, me miraste y noté como tus ojos se clavaban en mi nuca. Noté como la frialdad de tu mirada helaba mis huesos sin tocar mi piel. Mi pequeño y diminuto ser quiso haber sido aire y volar, pero no volé. Mis alas habían sido cortadas por mil diminutos dientes que dejaron su huella en mi cuerpo. Tus pasos. Aún oigo tus desnudos pies sobre la loza fría, acercándose a mi silla lentamente por la espalda. Dejaste caer sobre mis hombros tu gélida respiración. Era un vaivén rítmico que caía suavemente sobre mi piel y se iba convirtiendo en silencio para volver a visitarme al instante. Sigilosamente como una serpiente tu fría respiración subió hasta mi cuello y ahí se detuvo. Tras unos segundos oí tu voz:
- "¿Sabes quien soy?".
Mis balbuceantes palabras no supieron ver la salida y murieron en el mar de mi propio silencio. No podía verte, pero podía sentirte y ya sabía en todo momento dónde estabas, sin necesidad de una imagen, un sonido u otra señal que me indicara tu ubicación. Simplemente te sentía cerca, más cerca de lo que nunca estuvo nadie. Tan cerca que había momentos en que dudaba si estabas ahí afuera o dentro de mi aterrorizado cuerpo.
Oí cómo tus pasos volvían a danzar a mí alrededor, una macabra danza que aún hoy oigo. De nuevo te colocaste detrás de mi y me susurraste al oído: "Soy la Muerte". Unos minutos de silencio tensaron aún más la situación. Quizás fueran segundos, pero a mi me parecieron días.
Tus palabras volvieron a nacer a escasos centímetros de mi oído: "pero no he venido a buscarte, sino a conocerte". Tu frío aliento fue desapareciendo y la distancia me hizo respirar con un poco más de soltura. Entonces noté como te acercabas de nuevo. Tus labios rozaron mi cuello, un dulce y terrorífico beso aquel que me diste, antes de desvanecerte en la oscuridad y marcharte tal y como habías venido.
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Si el sol quema mis alas
Al buscar hielo candente
Si mi frío se hace fiebre
Si la luz que hubo en mis ojos
Retornara de algún modo
Y visitara a mis dientes
Si la búsqueda infinita
Ya no fuera indiferente….
Si la lágrima en el río
Se mezclara con mi frente
Si el camino fuera largo
Como larga es nuestra suerte
Y mis pasos me guiaran
Al infierno de tenerme
Sin la dulce melodía
De tu flor cuando florece….
Cuchillo sangriento que hieres
Con las mellas del destiempo
Mientras ríes dulcemente
Al oír mi cuerpo abierto
Ya no duelen las heridas
¡Ya la sal curó tu obra!
¡Pues mis uñas ya no sangran!
¡Ya los quejidos no brotan!
Si la desdicha se hace
Tan larga como una sombra
Que desnuda, en la noche
En el olvido se esconda
Indefensa entre las cosas
Y se vuelve vulnerable
Sin el agua de su estanque
Matémosla pues de un beso
¡Matémosla al instante!
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Somos tan sólo un segundo
Somos tan sólo un encuentro
Sólo una voz que se pierde
En la meseta del tiempo.
Sólo un ápice de luz
De una vela que se apaga
Con el viento de un susurro
Con el agua fría que emana
De la brisa traicionera
Que nace con la mañana.
Sólo un susurro en el campo
Sólo una gota de agua
Que se filtra con la tierra
Cuando sana.
Sólo vereda candente
Sólo vereda empedrada
Que engendramos al saber
Que en la noche todo cambia
Que sólo sabemos aquello
Que la censura endiablada
De la vista nos permite
Ver en la madrugada
¡Malditos sentidos que apagan sentires!
¡Maldigo la estancia! ¡Maldigo los tiempos!
Que hacen que seamos tan sólo una daga
Tan sólo aprendices de ciego
Que miran las uñas quebradas
Sin mirar el firmamento
En la mañana.
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Lágrimas doradas que vierte el cielo
Mojando las piedras que calzan el suelo
Para limpiar el camino
Para velar en silencio
Las sonrisas que se marchan
Con su casi eterno sueño.
Llora la noche desnuda
Llora con llanto perpetuo
Mientras coloca con respeto
Su negro sombrero de copa
Sobre su pecho.
Llanto que emana del aire
Marcha que viste el ensueño
Silencios y silencios
Gritos sobre el tintero
Que sin tinta roja sueña
Con no haber escrito esto
Que de mi alma transcribo
Mientras lloro en mis adentros
Las aguas del sufrimiento
Por la casi maldita ausencia
De mi abuelo.
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A veces un poco de infierno nos sabe a cielo
Hay veces en que un suspiro tambalea un continente
Hay veces que tu rostro
Infantil y confidente
Hace callar mis palabras
Las muere.
Quisiera ser viento en tu pelo
Quisiera ser rizo en tus rizos
Y rozarlos con mis ansias
Encontrar por fin el camino
Que me lleve a ser silencio
En tu olvido
Para así volver a verte
Y mirarte sin ser visto
Y rozar mis dedos huecos
Al cruzar nuestros caminos
Como dos seres ausentes
Como dos desconocidos
Al pasar junto a tu lado
Sin ser visto.
Para así nacer de nuevo
Para así sentir lo mismo
Que sentí cuando tus ojos
Descansaron en los míos
Bendita luz de tu risa
Maldigo al infierno,
¡Maldigo!
Por cortar mis alas sucias
Con el barro del camino
Que me lleva a ser adulto
Siendo un niño.
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¿En cuántas cárceles puede vivir un hombre al mismo tiempo?. ¿Cuántos barrotes es capaz de cortar con sólo cerrar los ojos y dar un paso?. Mi amada celda. Este espacio en que las cosas pasan sólo si yo quiero que pase. Mis barrotes no son de hierro, sino del humo de mis propios cigarrillos. Mis barrotes son de barro y agua, de hielo y fuego, de prisa y tiempo. Mis amados barrotes ya no contienen el tiempo, pues el tiempo no se puede contener más que con más tiempo.
David vivía en su cárcel inmaculada desde hacía cuatro años. Después del accidente se sintió muy arropado. Sus amigos venían a visitarlo a diario. Elisa se había ido a vivir con él y todo era perfecto, pero la perfección dura sólo un momento. Quizás por eso sea perfecta, por su traicionera fugacidad. Los amigos empezaron a ir a visitarlo un par de veces por semana. Cada dos semanas, y en unos meses simplemente dejaron de hacerlo. Lo de Elisa fue más directo. Una mañana se levantó y dijo que no aguantaba más. Se fue. Y David no fue capaz de seguirla a las escaleras.
Desde entonces su vida se convirtió en un continuo peregrinar por los campos de la ansiedad, la desesperación y la obsesión por enfermedades imaginarias, de las cuales incluso sentía cualquier síntoma que leyera en Internet o en alguna revista.
El enorme peso de la soledad y el temor a que allí solo, si enfermara, no podría ayudarle nadie hizo que se fuera aficionando a los chats. Fue allí donde conoció a Carolina, Carol, como le gustaba llamarla. Carol era cinco años menor que él. Vivían en la misma ciudad y ambos padecían agorafobia. Ambos pasaban la mayor parte del día delante del teclado, describiendo cada arruga del manto que les cubría día y noche, ese manto del color de un mal sueño, el tacto de una sonrisa disimulada y el olor de miles de besos que no salieron de sus desnudos labios.
Día a día, charla a charla, lo que en principio era una salida a las preocupaciones de cada uno se fue convirtiendo en una sonrisa tras otra, una búsqueda en el interior del otro, una dependencia mutua que desembocó en lo inevitable: el amor.
Así pasaron los meses, pero David no se contentaba con ver a Carol en la pantalla de su ordenador, así que se vistió, cogió su paraguas y decidió salir en su busca. No llovía, es más, un sol radiante iluminaba la calle abarrotada de gente. David lo sabía, así que no quiso asomarse. El paraguas sólo lo usaba como objeto contra fóbico, para ayudarse a la difícil tarea de afrontar el temor.
Apretó con todas sus fuerzas el mango de su paraguas, abrió la puerta y miró el pasillo que parecía esperarle desafiante. Notó como un sudor frío poblaba su frente desnuda, a lo que siguió un aumento considerable de las palpitaciones de su enamorado corazón. Creía que le iba a dar un infarto. Cerró los ojos y comenzó a oír una sucesión de golpes rítmicos, miró hacia abajo y se dio cuenta que era su propio temblor el que movía el paraguas y lo golpeaba contra el suelo. A continuación miró al frente y las formas del pasillo que tenía ante sí fueron difuminándose hasta caer al suelo. Cuando despertó se arrastró hasta el interior del apartamento y cerró la puerta enérgicamente.
Pasó varios días pensando en lo sucedido, hasta que una mañana encontró la solución. Tomó varios somníferos y espero a que empezaran a hacer efecto. Entonces descolgó el teléfono y pidió un taxi. A los pocos segundos ya estaba completamente dormido. Cuando llegó el taxista la puerta estaba abierta, y una nota pendía de ella: "Soy agorafóbico y necesito que me ayude. Lléveme a la calle Serrano número 22. Cuando llegue allí encontrará que aquella puerta también está abierta, déjeme en el recibidor y salga. En mi bolsillo derecho hay un sobre con 200 euros, son suyos. Gracias". El grueso taxista leyó la nota, dejó la puerta como estaba y desapareció rápidamente. Cuando David despertó comenzó a buscar a Carol, pero ella no estaba allí. Seguía en su viejo apartamento y la noche había caído sobre la calle.
Ambos amantes decidieron hacerlo juntos y alquilaron un apartamento justo enfrente de donde vivía David. Fueron enviando los muebles poco a poco, afín de verse sin nada y obligarse así a salir de una vez por todas. En una semana el apartamento de David estaba completamente vacío. Estaba sentado en el suelo y miraba las paredes vacías, donde cada hueco hacía que se sintiera más fuerte y asustado al mismo tiempo. Tan sólo le quedaban un paraguas y su ordenador portátil. A través de él, veía a Carol en la misma situación. Ambos sonreían cuando sonó el timbre. Al abrir encontró a un joven de unos veinte años. Masticaba chicle a una velocidad increíble y antes de preguntarle nada dijo: "Vengo a llevarme un ordenador o algo así." David se despidió de Carol, cerró el ordenador y se lo entregó al mensajero. Allí estaba, completamente solo, sin un solo mueble, nada que comer, nada que beber, solo ante la situación que él mismo había forzado. Se tumbó en el suelo y se quedó dormido.
Al cabo de un rato miró por la ventana. Las persianas de su nuevo apartamento estaban levantadas, y a través de los sucios cristales podía ver los muebles de ambos agolpados tal y como lo fueron dejando los distintos repartidores. "Ese es mi recibidor y su perchero, el espejo que hace dos días tenía delante de mi y junto a él la reproducción de El guitarrista ciego que tanto le gusta a Carol." – decía.
De pronto la luz le jugó una mala pasada y le pareció ver una sombra que se movía entre los muebles. ¡Un ladrón! Dios, iban a robarle delante de sus narices y no podía hacer nada. Hizo el ademán de buscar el teléfono. ¡Se lo habían llevado el día anterior y no podía llamar a la policía!. Notaba como cada latido en su pecho se hacía más fuerte y cobraba velocidad a medida que pasaban los interminables segundos. Cuando más indignado estaba vio como la sombra se acercaba a la ventana. Era Carol ¡lo había conseguido! ¡Había conseguido salir!
En ese momento se sintió más fuerte que nunca. Empuñó su paraguas, aspiro hondo y salió de su apartamento. El sonido de la puerta al cerrarse detrás de él es algo que nunca olvidaría.
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Esperando la poesía diaria
El trozo de papel que tenía ante sus ojos era un pedazo de sus esperanzas teñidas con sangre de tinta y piel arrugada. Miró de nuevo el blanco y redondo reloj que colgaba de la blanca e inmaculada pared. Las ocho y treinta y cuatro. Aún era temprano. Era curioso, desde que ese mismo reloj marcaba cada mañana las ocho y hasta que marcara las ocho y cuarenta y tres, el tiempo se hacía lento, incómodo, lleno de ilusión, esperanza, nerviosismo, curiosidad. Eran cuarenta y tres minutos ataviados con un incómodo disfraz de horas enteras. Sacó un pequeño espejo que tenía guardado en uno de los enormes cajones que contenía el mostrador, se miró y comprobó que todo estaba correcto. "Si, todo está bien" – se dijo. Cogió sus gafas y la miró al trasluz, sacó de su bolsillo una pequeña gamuza arrugada y limpió las lentes. Lo hizo frotando en rápidos movimientos giratorios, sólo unos segundos y volvió a comprobar que la transparencia de las lentes era la adecuada. Al volver a colocarse las gafas volvió a mirar el reloj. Las ocho y treinta y seis. Sólo dos minutos había pasado, esto lo desesperó un poco, pero la desesperación aminoró cuando se dio cuenta que la última vez que comprobó la hora aún faltaban once minutos para las nueve menos cuarto, ahora faltaban solamente nueve. Sus ojos bajaron hasta el mostrador. Una mancha. Cinco pequeños dedos manchados de chocolate habían dejado sus cinco pequeñas huellas plasmadas en el cristal del mostrador. Inmediatamente sacó una bayeta y limpia-cristales. Cuando hubo desaparecido todo rastro de la mancha, sólo quedaba en el ambiente el penetrante olor del líquido azul del limpiador. No quería que ese olor perdurara largo rato, así que abrió las dos blancas puertas del establecimiento durante un par de minutos. Al volver a cerrarlas, el olor a pan recién horneado ya había invadido toda la tienda. Ese olor, cuando reparaba en él, le hacía recordar su infancia. Sus juegos en esa misma calle, sus amigos que ya no están, aquellos que pasan casi a diario por la puerta y que, a pesar de su cercanía ya tampoco están. Murieron con el tiempo y fueron suplantados por aburridos padres de familia. Instintivamente volvió a comprobar la hora. ¡Las ocho y cuarenta y cuatro!. Estos últimos minutos se habían deslizado silenciosamente y habían salido por debajo de la puerta como si fuesen humo. Dio un salto, se cercioró de que la bata blanca que vestía no tuviera ninguna mancha, al menos visible, arregló un poco las pequeñas arrugas que habían quedado en la tela al estar largo rato sentado y se colocó, como cada mañana, en posición de espera. Se quedó mirando el segundero del reloj. La manecilla iba señalando cada latido de su cada vez más acelerado corazón y, cuando pasaban veinte segundos de las ocho y cuarenta y cinco, apareció. Ella iba vestida con un elegante traje azul. Chaqueta corta, elegante, inmaculada. Falda justo hasta las rodillas. La tela ajustada describía cada curva de su silueta, pero eso apenas se sentía con valor para fijarse detenidamente. Entró, como siempre, mirando en su bolso, pidió unas piezas de pan claras, poco horneadas y él le entregó las que había seleccionado para ella un rato antes. Las monedas sonaron al caer sobre el cristal mientras ella seguía buscando en su billetera si tenía suelto para el taxi. Al darle el cambio, sus dedos rozaron la palma de su mano e inmediatamente notó cómo un leve y placentero mareo hacía que tuviera que apoyarse con la otra mano en el lateral del mostrador. Recogió su bolsa y, sin levantar la mirada del billetero, desapareció después de pronunciar un escueto "Gracias, adios". Él la miró hasta que desapareció por uno de los laterales del exterior, el izquierdo, como siempre. El cóctel de alegría y deseos de un nuevo día dibujaron en sus labios una placentera sonrisa. Solo cabía esperar que al día siguiente, el blanco y redondo reloj de pared que tenía enfrente volviera a marcar las ocho y cuarenta y cinco.
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Perfecto engranaje de sol y desdichas
Creado del agua, del fuego y la vida
Maldito tu encuentro,
¡Maldigo el silencio!
Que oigo en mi recuerdo mientras gritas.
Bendigo los pasos que das a mi lado
Teñidos de miedo de ausencia, esperando
Pues sólo tu estar es mi estar en el mundo
Pues sólo un instante, pues sólo un segundo
Después de tu marcha
Ya no seré Uno
Prendido de vida
Tan solo un recuerdo
Que nace en un sueño
Y luego se olvida.
Tan sólo seré silencio
Tan sólo seré silencio
La gota de agua secada en el tiempo
El humo que nace y que sube ¡que emerge!
¡¡¡Y se mezcla de aire!!!…y luego muere
Y sólo seré lo que queda del sueño
Mis labios se secan, seré solo el hueco
Que queda perdido entre el mar de mi ansias
Y mi perpetuo silencio.
(La máquina perfecta fue creada para funcionar cuarenta años, todo lo demás es un regalo)
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Si mis palabras quebrasen el tiempo
Si mis pezuñas candentes lograran hacerlo
Oh, dulce sueño que brotas del ansia
Oh, triste daga que hieres mi alma
Si busco respuesta y solo hallo encuentro
En la calma.
Si con el sol del camino lograra ver negro
Si mis pupilas lloraran mi sangre en silencio
Si mis manos fueran huecas
Y mis placeres yacieran satisfechos
Dejaría de ser alma en pena
¡Estaría muerto!.
Porque las cosas perdidas
Las cosas queridas
Las ansias del mar
Que refresca la herida
Hacen que siga presente
Me hacen sentir la vida
Que me quito poco a poco
Mientras busco la salida.
A tantos y tantos besos perdidos
A tantas y tantas muertas sonrisas
A tantos segundos en pleno silencio
A tantas mis lunas que nacen vino
Y que mueren lentamente
Llamadas por el olvido
De mi mente.
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Miré mi viejo regazo en un espejo de mermelada y náuseas acumuladas durante cien años. Mi ojos no son mis ojos, son solo dos agujeros en una bola sebosa, dos sucias ventanas cerradas hacia un mar de desencuentros y malos entendidos. No importa. Mi vida no es otra cosa que una vieja canción country en un gramófono apagado. Tampoco importa porque hay momentos en que la belleza se esconde en lo horrendo, la delicadeza en la crueldad y la felicidad en la más absoluta desesperación. Todo es un gran círculo donde lo más bello y lo más horrendo se unen para volver a empezar. No hay cotas en este mundo, solo etapas, zonas y malos entendidos.
Mi mente abierta por el cuchillo del tiempo. Mi blog,.este cuaderno lleno de notas donde ya no hay páginas en blanco y suelo escribir sobre lo escrito, dibujar sobre lo dibujado. Los trazos se unen y ya nada es legible. No lo entendéis ¡No lo entendéis! No importa. Puede que no escriba más en esta mierda. Huele. Pero yo sí soporto el olor, es mi mierda.
Miré mi regazo en el espejo del tiempo. Aromas intensos, intensos recuerdos que fui guardando durante cien años. A veces los abro, a veces los abro. Y paso mis dedos sobre tus labios. Mis ojos esconden mil besos con piel inocente, silencios ocultos de cuerpos ardientes, mares de sueños, tu sonrisa desnuda, anhelos. Mi vida es una gran sinfonía de imágenes. Cierro los ojos y veo tu rostro, cierro los ojos y miro tus labios. Cierros los ojos y no hago otra cosa que besar el espacio que separan tus labios de sueño y los míos. El Amor es un gran círculo, donde tú eres el centro y yo giro cual la Luna sin dejar de ser, en sueños, la brisa que besa tu cuello, la voz que acaricia tu pecho, el sudor que recorre tu cuerpo, la piel que estremece tu dulce silencio, el aire caliente que cae muy despacio, y puebla tu vientre de dulces encuentros y cierras los ojos y muerdes tu labio y suenas a Amor, si huelo tu manto despacio. Y gimes, y encuentras, y vives, y vuelas y caes al vacío. Y sigues cayendo. Y sigues gozando. Gimiendo en silencio, sin querer hacer ruido lo sigues haciendo. Y caes entre nubes de plumas y gozo. Y besas mis labios. Sonríes al silencio. Y casi al instante te duermes, sonriendo. Y yo sigo mirando tu cuerpo desnudo, pues eres un ángel que vino del cielo, con una sonrisa de gozo y silencio plasmada en el rostro. Tu rostro perpetuo. Duerme tranquila. Dulces Sueños.
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Naked. Oyendo Theme Time Radio Hour. Jail. Quisiera regalar mi alma al diablo. A cambio de nada, a cambio de todo. A cambio de la sensación de un eterno trago de ron, a cambio de un beso sin fin ni principio, a cambio de unas largas alas negras que me lleven de regreso adonde nunca estuve, que me traigan desde el negro guiño de la noche, para volver a ser un soplo de aire en el desierto perpetuo del silencio.
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Naked. Mordiendo tu ausencia, bendiciendo mi soledad, escupiendo el tabaco de mis ansias perdidas en el fondo de cualquier vaso de cualquier bar. Estoy intentando que el soplo del tiempo no apague mi cigarrillo. Sería una pena ver como se hace cada vez más pequeña la sombra del rey cuando aún no le han dado jaque. Sería una pena oir el crujir de su corona al estrellarse con el maldito suelo de mármol rojo. Sería una pena oler su sangre esparcida sobre el reluciente suelo de mármol rojo. A la vista de todos. Ante la ayuda de nadie. El mundo es una gran Lisboa. Todo viene y va. No somos más que simples peonzas que creen ser cuerda, cuando en realidad somos madera labrada.
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Naded. Oyendo Theme Time Radio Hour. Me gusta que el sol de la mañana me despierte con una bofetada de luz que se cuela por la diminuta ventana de mi diminuta celda con paredes de caramelo, cubiertas de cien muros de piedra y tiempo.Me gusta saber quien soy y volver a olvidarlo, pues no soy más que una grieta en mi celda, que intenta gozar con el azúcar escondido detrás de esos innumerables muros de tiempo y olvido. Naked ante el espejo maldito de luz, ante las teclas que se hunden y delatan mi alma. Voy a buscar mi alma, mi eterno trago de ron, mi beso sin fin, mis alas negras, tu ausencia, mi soledad, mi tabaco, mi corona, mi Lisboa, mi rayo de sol matutino, mi caramelo, voy a buscar mi tiempo... y voy a encontrarlo.
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Palabras que nunca debieron ser dichas
Palabras desnudas, palabra furtivas
Que huyeron del silencio
Y la maleza
Que escaparon del pensar
Y la torpeza
Que se fugaron del alma
Que me brotaron de dentro
Que se evadieron del fondo
Del más puro sentimiento
Palabras que apagan el fuego
Palabras que hieren el cuerpo
Palabras que manchan de sangre
El mantón de oro y sueños,
La amistad entre un mortal
Que mira arriba
Y busca el cielo
En tu sonrisa
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Medicina preventiva la que ofrecen
Pues el alma de me asiste
Quiere ser gaviota libre
quiere vivir más fuerte.
Y golpea mis latidos
Y golpea mis adentros
Gritando ¡quiero ser libre!
Gimiendo "quiero querer queriendo".
Alprazolam para frenar mis ansias
Alprazolam que mutila mi suerte
Pastillas que tiñen de nubes
Mis eternos cielos celestes.
Tengo un corazón libre
Tengo un corazón fuerte
Tengo un corazón débil
Que no quiere estar ausente.
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Estimado Roberto:
Le envío la presenta para comunicarle la felicidad que me embarga de conocer la situación en la que se encuentra. Soy conciente de que mucha gente no entiende sus reflexiones irreflexivas contenidas en este blog, pero entiendo que, tal y como dice su título, no son más que reflexiones que salen directamente de la mente enferma que le posee en esos momentos de magia y paraíso, y se plasma directamente en el teclado. Son, pues pensamientos puros, sin la adulteración que supone la acción del pensamiento en estos menesteres. A veces leo lo escrito en ese apartado y no le encuentro sentido pero, al fin y al cabo ¿qué pensamiento puro lo tiene?. Felicidades por nadar en el agua del subconsciente, bucear en su mente y tragar agua del estanque de sus propios sueños.
Atentamente:
Roberto.
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No hay nada que no cure una buena resaca. Somos agua al agua y fuego al fuego. Algodón al algodón y aire al tiempo. Humo a la escarcha, sueño al silencio. Somos una especie de bruma que se esconde tras un luminoso amanecer rociado con los cantos de las aves y el brotar de un río cercano. Somos aire, agua, tierra, fuego, silencio, grito, ternura, maldad, escrondrijo, carrera, descanso, puertas que se abren y se cierran a su antojo, somos tantas cosas que a veces creemos que no somos nada. Lo somos todo, bella flor, lo somos todo. En conjunción e individualmente podemos ser princesas, gladiadores, dinosaurios y si nos esforzamos, incluso unicornios azules cabalgando por un mundo de golosínas . Solo debemos querer serlo. Solo debemos cerrar los ojos y desearlo. Aunque sea un segundo, aunque sea un respiro, aunque sea un momento, aunque sea un latido seremos unicornios danzando por un prado verde. Deseemos.
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Hay dias….
Cuando empecé a escribir este blog, no era otra mi intención que intentar conocerme a mí mismo a través de la palabra escrita. Lo que he escrito hasta ahora, aunque envuelto en el manto del anhelo y los sueños, no deja de ser un paseo por el romanticismo. Pero también hay otra cara en mi oxidada moneda.
Hay días en que el sol aparece en todas partes. Sea de noche o de día. Lunes o Viernes. Mayo o Noviembre. Da lo mismo. En cambio hay otros días de lluvia y oscuridad, de sombras y niebla, de llanto y tristeza. Hay días en que intento abrir a cabezazos el muro que nació sobre mis hombros de pronto, sin aviso, pero que pesa cada vez más, y me hunde, me hunde, me deforma y me mata lentamente hundiéndome en el enorme lago de la desesperación. Hay días en que quisiera salir corriendo con los ojos vendados y olvidarme de todo, de TODO. Hay días en que no encuentro un sentido a escribir, a leer, a buscar. Hay días en que mi cuerpo se hace minúsculo y mi alma se derrite y se convierte en un sucio charco en el piso de barro. Esos días deseo que venga alguien y pise ese charco, y que sus huellas vayan dejando un rastro que me haga alejarme del mundo. Hay días en los que no hay nada. Nada. Ante el peso de mis párpados quizás sea mejor no pensar. Hoy, querido blog, es uno de esos días. Quizás me marche de aquí y rompa con todo, familia, trabajo, vecinos, amigos, quizás rompa de una vez por todas conmigo mismo. He cogido la maleta dos veces esta tarde. La he vuelto a soltar. No sé si habrá una tercera. Ya lo hice antes. Puede que vuelva a hacerlo. ¿Quién sabe?.
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En Busca de La Luna
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Vi la Luna reflejada
En tus ojos dulcemente
Vi la Luna y fui a buscarla
Bajo los mundos inertes
La busqué dentro del alba
La busqué dentro del tiempo
En la sonrisa divina
En los placeres inciertos.
Yo vi la Luna en tus ojos
Y en la noche fui a buscarla
Y caí en el intento
Y subí cien mil montañas
Y surqué los siete mares
Y nadé hasta mi infancia
Navegué por mil caricias
Me embriagué de mil palabras
Buceé cien mil susurros
Y lloré mientras buscaba.
Y Caí a la arena herido
De muerte según me dijo
La condena que me habla
Los susurros del camino
Yo busqué la Luna muerto
En el infierno perdido.
Y al final la encontré ausente
En su morada perdida
Con la luz del nuevo alba
Oculta tras una sonrisa
Pues al fin ya me di cuenta
Que la Luna está en tus ojos
Y la reina de la noche
Aquella que vive arriba
Es el reflejo perpetuo
De tu mirada divina.
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Como bruma ante tu templo
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Condenado estoy a vagar por tus aguas
A nadar sin sentido, sin el rumbo que me dabas
Naufragar con mi barco en la miel de tus labios
A vivir sin tu isla
Recordar tus encantos
A escribir en la arena mi sonrisa perdida
Claudicar con la ola que se lleva la prisa
Y vivir de los frutos que emana el recuerdo
Esconderme en mi isla si algún barco, a lo lejos
Aparece.
Pues tus labios me abrigan de noche en mi isla
Pues tus ojos me alumbran si el fuego se apaga
Pues tu cuerpo me sana las dulces heridas
De tu agua, de tu aroma, de tu ausencia, de tu risa.
Y morir en mi isla prentendo sin verte
Pues verte y no ser esa luz que te abriga
Es morir de los sueños
Morir dulcemente
Sin sonrisa
En silencio
En mi isla
Recuerdo
Vida
Eco
Salida
Lamento
Desdicha
Desnudo tu seno
Mis noches perdidas
Tu azul movimiento
Y tu sal en mis labios
Y tu aroma en mi cuerpo
Y la dulce mirada que, estando en silencio
Pintaba de dulces colores mi encierro
Que abruma, que juega, que grita
Que vive, que espero muriendo
Que muere hoy desnuda
Surcando mi estancia
Surcando mi tiempo
Y el mar de mi vida
Vivo muriendo.
Soñando
Siendo.
Como ola ante tu playa
Como bruma que, viajera
Acaricia tus encantos
Luego muere de tristeza
Ante el dulce acantilado
De tu ausencia.
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"El futuro tiene muchos nombres,
Para los débiles es lo inalcanzable,
Para los temerosos, lo desconocido,
Para los valientes es la oportunidad"
(Victor Hugo)
Quiera ser débil para otear el horizonte siempre en busca de lo inalcanzable, pues buscar lo inalcanzable significa la búsqueda eterna, y lo más importante de todo no es el encuentro, sino la búsqueda. Ese camino misterioso que nos hace mover como serpiente en una cucharada de aceite.
Quisiera temer por el amor a temer. El miedo es una sensación increíble, mágica, incluso morbosa. El miedo esconde cierto masoquismo escondido tras sus rizos negros. Cierto vicio sano que nos hace sentir que estamos vivos, que nos hace amar la vida.
Quisiera ser valiente y tener la enorme valentía necesaria para ser débil y temeroso en este mundo de flores de plástico y besos iconados.
Ahora cerraré las ventanas doradas a mi mundo de color, tengo una cita para tomar café con mi buen amigo Victor.
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Mi propio elogio a la locura.
Dejo los raíles de mi camino, me desvío y surco un sendero de rosas violetas, pájaros desnudos y vientos con olor a fresa. Un sendero del que brota el agua y sube a las nubes, y, a medida que va subiendo, va cambiando de color. Un enorme jardín donde las plantas bailan al son del canto de un sol redondo, suave, azulado y con miles de pájaros-escoba volando a su alrededor. Ese es el camino por el que viajo. ¿Retrato de la locura?. No creo, no sé, no me importa. Al fin y al cabo es lo que todos buscamos, la locura, ese estado en el que se rompe nuestro particular muro de Berlín y un sinfín de sentimientos brotan como un torrente de agua cristalina. ¿No es quizás eso lo que encontramos ante los efectos del alcohol, las drogas, la efusividad, la sorpresa, una alegría inmensa o incluso el Amor?. Deshibicición. Es lo que buscamos. Es lo que encontramos. Deshinibición no es otra cosa que una locura pasajera, una amiga que nos visita para darnos rienda suelta y nos borra las cadenas que nos oprimen el alma, una amiga que nos deja libres hasta que dichas cadenas vuelvan a brotar de la nada y vuelva a oprimirnos el alma. Pero, digamos que hay una forma de vivir eternamente en ese estado efusivo y desinhibido, no es otro que vivir en la locura, no hablo de trastorno de tipo medio, sino la locura perfecta, esa que suprime toda clase de barrera, esa que se convierte en sentimiento puro, esencia de pasión, exenta de filtros sociales, culturales o incluso morales. Otro tema sería la responsabilidad de nuestros actos en dicho estado con respecto a terceras personas...
Divago, demasiado en serio. Me he desviado del camino de piedras ámbar y árboles de cristal. Tomo el tren de regreso. Os dejo para volver a él, hasta que un momento de cordura me devuelva temporalmente a este mundo de acero, alquitrán y nubes grises. Prefiero vivir en mi casa de plumas de ganso con muebles de caramelo y seguir durmiendo en mi cama de brisa nocturna. Estáis todos invitados, pero para eso debéis saltar el muro conmigo.
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A veces la vida juega a ser hada y nos regala días de ilusión y desvelo, días en que el tiempo no es tiempo y la vida no es vida, sino juego. Gracias a la vida, que me dio días de dicha, desdicha y anhelo. Gracias a la vida que me cubrió con su manto de mentiras y me hizo creerlo. Gracias a esa dama que maneja nuestros hilos a su antojo, por ser tan buena embustera y demostrarme que aún sigue ardiendo esa llama que creía apagada hacía tiempo, que soy capaz de sentir, que soy capaz de encontrar, que soy capaz de buscar, que soy capaz de vivir. Que sigo amando la vida, que sigo amando el silencio, que sigo amando algún rostro al que veo pasar de largo no sin antes preguntarme la hora y decirme que le gusta mi corbata. Ahí empieza todo de nuevo, pues cuando voy a decirle que es mi preferida levanto el rostro y ya no está. Se ha ido, a esconderse por un tiempo y a cambiar de rostro. Inocente de mi, bendito inocente, que sale a jugar ese juego que perdí tantas veces, que sigue viendo como la estación de ferrocarril en donde vivo sale de viaje sin previo aviso, dejando parado el tren donde viaja ella., donde ella se esconde, buscando nuevas caretas y nuevos disfraces. Aquí sigo, esperando un nuevo engaño que me haga sentir de nuevo esa presión en el alma, esa presión en el pecho con tan solo lo que dura una "me gusta tu corbata", ya sean segundos, semanas o sueños. Bienvenida bella dama, dulcinea de mis anhelos, bienvenida al nuevo mundo, no hables de mi corbata, mírame a los ojos y dime "te quiero"
Ciao. Besos.
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Camino entre raíles, intentando alcanzar un tren que a veces va más despacio que mis pasos
y otras veces se pierde en el horizonte.
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Su pelo hoy
Fluye su pelo cual agua que muere entre aguas
Aguas que viven cayendo en cascada y sollozan
Cantos de aguas celebran su dulce presencia
Aguas que lloran tan solo con verla
Aguas que ahogan y afianzan mi dulce condena.
Silenciosa.
Dulce susurro quisiera yo ser
Colarme en su ropa
Besar su desnudez
Rozar con un soplo su pelo
Jugar a ser aire en silencio
Vagar cual la noche en su interno
Surcar como ave su cuerpo.
Y decirle mil cosas mientras duerme
Y contarle mil cuentos al oído
Y labrar su sonrisa en sus labios
Construirle mil lindos castillos
Y morder su dulzura y su encanto
Y besar suavemente sus manos
Y jugar a ser alguien
Y jugar a ser alguien
Que espera, que vive, que sueña
Como ser que vive y sueña con sus labios.
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Paloma
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Ave perdida en la nada perfecta
Noche que cubre tus alas caídas
Surcos que dejas de llanto y de sueños
Caídos, tirados quebrados al piso
No son de tus ojos
Que son de los míos,
Que son de los míos.
Que lloran la pluma pisada en el barro
Tirada en tu vuelo desde lo alto
La tengo guardada con dulces guijarros
Que osaron tocarla al quebranto.
Lloran mis ojos tu huida perfecta
Llora mi alma tu marcha desnuda
Maldigo mi cuerpo al no tener alas
Seguirte a lo lejos
Mirar donde andas
Volar en silencio
Sin decir nada
Fingir que no fuiste
Paloma en mis sueños
Que dejas tus plumas
Volar con el viento
¡Maldigo mi vida!
¡Maldigo mi estancia!
¡No ser cual tú eres,
Y no tener alas al viento!.
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MI BIBLIA
Porque sus ojos esconden la miel y el silencio
Porque el silencio se torna susurros sin habla
Poque su habla es la Biblia
Porque mi Biblia es su risa
Poque su risa es silencio
Y el silencio en sus ojos se emana
.
Poque sus labios invitan rozar con su dedo
aquellas colinas que yo más deseo
Colinas rojizas, colinas de fuego
Condenan mi alma al dulce recuerdo
de un beso, una espalda, un anhelo.
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Murió el Tiempo
.
Y mis ojos y tus ojos se encontraron
Y volvieron a encontrarse en el silencio
Como aves que regresan en invierno
Como vientos que acarician verdes campos.
Y mis labios se clavaron en tus ojos
Y tus ojos se clavaron en mis labios
Y los minutos cesaron
Y las distancias murieron
Y las palabras, inocuas cual el tiempo
Sobre tu falda arrugada cayeron
Y la sonrisa durmió lentamente
Y nuestros cuerpos fluyeron
Como en agua, mar en calma
Lentamente, ya sin viento
Como pétalos de rosa
Que navegan por el mar de los mil sueños.
Solo un roce, aquel roce
Que me quebraba por dentro
Cual puñal ungido en aires
Y silencios
Susurró su dulce canto
Y sonó un beso.
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"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua. "
Julio Cortázar / Rayuela
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Son solo palabras
Palabras que buscan las manos inertes
que silvan el rostro de aquel que está ausente
que nombran a nadie y nadie es oyente
palabras que mueren al ser verdaderas
quebradas al aire y al sol de las velas
palabras que vienen del mar sin botella
palabras que duermen
sin ser traicioneras.
Palabras robadas al sur mensajero
palabras robadas al pájaro agüero
los idus de Marzo,
tu síndone, el manto
que encuentro en la lluvia
que moja mi espanto.
Palabras que hablan y no dicen nada
palabras que todo en su manto lo abarca
palabra que encuentas clavada en la estaca
que tomas por tuya y tu vida cambia.
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Pensamientos que afloran como rosas de viento
rozando su rostro, ondeando su pelo
como voces que me gritan al oido casi ciego
y se apagan en silencio, se apagan en el tiempo
mientras juega con su pelo
sin mirarme.
Tristezas que amarran mi barco a su encuentro
las olas se quejan, golpean mi lamento
¡me gritan mil voces! no quiero el silencio
silencio es la nada
la nada estar muerto
¡gritadme al oido su nombre mil veces!
!gritadme su rostro jugando, ausente!
mas no me silencien su lindo recuerdo
que cantos de dagas es más que estar muerto.
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