El Blog

Calendario

<<   Septiembre 2007  >>
LMMiJVSD
          1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30

Sindicación

Enlaces

Alojado en
ZoomBlog

Septiembre del 2007

La Visita

Por eserinconcasioculto - 26 de Septiembre, 2007, 15:51, Categoría: Pequeños relatos

"La visita"

   …entonces desperté y la incapacidad de movimiento, aquella que viene de la mano del terror más absoluto, se apoderó de mi cuerpo indefenso. Intenté levantarme de aquella silla pero no pude. Ninguna cuerda inmovilizaba mis manos, ninguna mordaza callaban mis gritos de horror, pero no podía ver, no podía moverme, tan sólo podía oír como merodeabas a mi alrededor, en silencio, inspeccionando cada poro de mi sudorosa piel. Forcé mis ojos para intentar vislumbrar un atisbo de luz, con idea de, al menos ubicar la ventana y saber así mi posición. Fue imposible. Entonces surgió una duda: ¿quién eras?, aunque aquella no era la pregunta adecuada, sino la que vino a continuación: ¿qué querías hacer conmigo?. No podía imaginarlo y aquella idea me aterrorizaba sobremanera.

   Te detuviste detrás de mí, me miraste y noté como tus ojos se clavaban en mi nuca. Noté como la frialdad de tu mirada helaba mis huesos sin tocar mi piel. Mi pequeño y diminuto ser quiso haber sido aire y volar, pero no volé. Mis alas habían sido cortadas por mil diminutos dientes que dejaron su huella en mi cuerpo. Tus pasos. Aún oigo tus desnudos pies sobre la loza fría, acercándose a mi silla lentamente por la espalda. Dejaste caer sobre mis hombros tu gélida respiración. Era un vaivén rítmico que caía suavemente sobre mi piel y se iba convirtiendo en silencio para volver a visitarme al instante. Sigilosamente como una serpiente tu fría respiración subió hasta mi cuello y ahí se detuvo. Tras unos segundos oí tu voz:

-         "¿Sabes quien soy?".

   Mis balbuceantes palabras no supieron ver la salida y murieron en el mar de mi propio silencio. No podía verte, pero podía sentirte y ya sabía en todo momento dónde estabas, sin necesidad de una imagen, un sonido u otra señal que me indicara tu ubicación. Simplemente te sentía cerca, más cerca de lo que nunca estuvo nadie. Tan cerca que había momentos en que dudaba si estabas ahí afuera o dentro de mi aterrorizado cuerpo.

   Oí cómo tus pasos volvían a danzar a mí alrededor, una macabra danza que aún hoy oigo. De nuevo te colocaste detrás de mi y me susurraste al oído: "Soy la Muerte". Unos minutos de silencio tensaron aún más la situación. Quizás fueran segundos, pero a mi me parecieron días.

   Tus palabras volvieron a nacer a escasos centímetros de mi oído: "pero no he venido a buscarte, sino a conocerte". Tu frío aliento fue desapareciendo y la distancia me hizo respirar con un poco más de soltura. Entonces noté como te acercabas de nuevo. Tus labios rozaron mi cuello, un dulce y terrorífico beso aquel que me diste, antes de desvanecerte en la oscuridad y marcharte tal y como habías venido.

Permalink :: Comentar | Referencias (0)

Si las palabras gozaran

Por eserinconcasioculto - 23 de Septiembre, 2007, 21:12, Categoría: Poemas y otras aperturas

Permalink :: Comentar | Referencias (0)

Sombras

Por eserinconcasioculto - 23 de Septiembre, 2007, 5:43, Categoría: Poemas y otras aperturas

Si el sol quema mis alas

Al buscar hielo candente

Si mi frío se hace fiebre

Si la luz que hubo en mis ojos

Retornara de algún modo

Y visitara a mis dientes

Si la búsqueda infinita

Ya no fuera indiferente….

Si la lágrima en el río

Se mezclara con mi frente

Si el camino fuera largo

Como larga es nuestra suerte

Y mis pasos me guiaran

Al infierno de tenerme

Sin la dulce melodía

De tu flor cuando florece….

Cuchillo sangriento que hieres

Con las mellas del destiempo

Mientras ríes dulcemente

Al oír mi cuerpo abierto

Ya no duelen las heridas

¡Ya la sal curó tu obra!

¡Pues mis uñas ya no sangran!

¡Ya los quejidos no brotan!

Si la desdicha se hace

Tan larga como una sombra

Que desnuda, en la noche

En el olvido se esconda

Indefensa entre las cosas

Y se vuelve vulnerable

Sin el agua de su estanque

Matémosla pues de un beso

¡Matémosla al instante!

Permalink :: Comentar | Referencias (0)

Sólo

Por eserinconcasioculto - 21 de Septiembre, 2007, 16:34, Categoría: Poemas y otras aperturas

Somos tan sólo un segundo

Somos tan sólo un encuentro

Sólo una voz que se pierde

En la meseta del tiempo.

Sólo un ápice de luz

De una vela que se apaga

Con el viento de un susurro

Con el agua fría que emana

De la brisa traicionera

Que nace con la mañana.

Sólo un susurro en el campo

Sólo una gota de agua

Que se filtra con la tierra

Cuando sana.

Sólo vereda candente

Sólo vereda empedrada

Que engendramos al saber

Que en la noche todo cambia

Que sólo sabemos aquello

Que la censura endiablada

De la vista nos permite

Ver en la madrugada

¡Malditos sentidos que apagan sentires!

¡Maldigo la estancia! ¡Maldigo los tiempos!

Que hacen que seamos tan sólo una daga

Tan sólo aprendices de ciego

Que miran las uñas quebradas

Sin mirar el firmamento

En la mañana.

Permalink :: Comentar | Referencias (0)

Doradas lágrimas

Por eserinconcasioculto - 21 de Septiembre, 2007, 2:41, Categoría: Poemas y otras aperturas

Lágrimas doradas que vierte el cielo

Mojando las piedras que calzan el suelo

Para limpiar el camino

Para velar en silencio

Las sonrisas que se marchan

Con su casi eterno sueño.

 

Llora la noche desnuda

Llora con llanto perpetuo

Mientras coloca con respeto

Su negro sombrero de copa

Sobre su pecho.

 

Llanto que emana del aire

Marcha que viste el ensueño

Silencios y silencios

Gritos sobre el tintero

Que sin tinta roja sueña

Con no haber escrito esto

Que de mi alma transcribo

Mientras lloro en mis adentros

Las aguas del sufrimiento

Por la casi maldita ausencia

De mi abuelo.

Permalink :: Comentar | Referencias (0)

A veces

Por eserinconcasioculto - 12 de Septiembre, 2007, 16:36, Categoría: Poemas y otras aperturas

A veces un poco de infierno nos sabe a cielo

Hay veces en que un suspiro tambalea un continente

Hay veces que tu rostro

Infantil y confidente

Hace callar mis palabras

Las muere.

 

Quisiera ser viento en tu pelo

Quisiera ser rizo en tus rizos

Y rozarlos con mis ansias

Encontrar por fin el camino

Que me lleve a ser silencio

En tu olvido

 

Para así volver a verte

Y mirarte sin ser visto

Y rozar mis dedos huecos

Al cruzar nuestros caminos

Como dos seres ausentes

Como dos desconocidos

Al pasar junto a tu lado

Sin ser visto.

 

Para así nacer de nuevo

Para así sentir lo mismo

Que sentí cuando tus ojos

Descansaron en los míos

Bendita luz de tu risa

Maldigo al infierno,

¡Maldigo!

Por cortar mis alas sucias

Con el barro del camino

Que me lleva a ser adulto

Siendo un niño.

Permalink :: 1 Comentarios :: Comentar | Referencias (0)

Barrotes de barro y agua

Por eserinconcasioculto - 9 de Septiembre, 2007, 12:21, Categoría: Pequeños relatos

   ¿En cuántas cárceles puede vivir un hombre al mismo tiempo?. ¿Cuántos barrotes es capaz de cortar con sólo cerrar los ojos y dar un paso?. Mi amada celda. Este espacio en que las cosas pasan sólo si yo quiero que pase. Mis barrotes no son de hierro, sino del humo de mis propios cigarrillos. Mis barrotes son de barro y agua, de hielo y fuego, de prisa y tiempo. Mis amados barrotes ya no contienen el tiempo, pues el tiempo no se puede contener más que con más tiempo.

  

   David vivía en su cárcel inmaculada desde hacía cuatro años. Después del accidente se sintió muy arropado. Sus amigos venían a visitarlo a diario. Elisa se había ido a vivir con él y todo era perfecto, pero la perfección dura sólo un momento. Quizás por eso sea perfecta, por su traicionera fugacidad. Los amigos empezaron a ir a visitarlo un par de veces por semana. Cada dos semanas, y en unos meses simplemente dejaron de hacerlo. Lo de Elisa fue más directo. Una mañana se levantó y dijo que no aguantaba más. Se fue. Y David no fue capaz de seguirla a las escaleras.

  

   Desde entonces su vida se convirtió en un continuo peregrinar por los campos de la ansiedad, la desesperación y la obsesión por enfermedades imaginarias, de las cuales incluso sentía cualquier síntoma que leyera en Internet o en alguna revista.

  

   El enorme peso de la soledad y el temor a que allí solo, si enfermara, no podría ayudarle nadie hizo que se fuera aficionando a los chats. Fue allí donde conoció a Carolina, Carol, como le gustaba llamarla. Carol era cinco años menor que él. Vivían en la misma ciudad y ambos padecían agorafobia. Ambos pasaban la mayor parte del día delante del teclado, describiendo cada arruga del manto que les cubría día y noche, ese manto del color de un mal sueño, el tacto de una sonrisa disimulada y el olor de miles de besos que no salieron de sus desnudos labios.

  

   Día a día, charla a charla, lo que en principio era una salida a las preocupaciones de cada uno se fue convirtiendo en una sonrisa tras otra, una búsqueda en el interior del otro, una dependencia mutua que desembocó en lo inevitable: el amor.       

 

   Así pasaron los meses, pero David no se contentaba con ver a Carol en la pantalla de su ordenador, así que se vistió, cogió su paraguas y decidió salir en su busca. No llovía, es más, un sol radiante iluminaba la calle abarrotada de gente. David lo sabía, así que no quiso asomarse. El paraguas sólo lo usaba como objeto contra fóbico, para ayudarse a la difícil tarea de afrontar el temor.

   Apretó con todas sus fuerzas el mango de su paraguas, abrió la puerta y miró el pasillo que parecía esperarle desafiante. Notó como un sudor frío poblaba su frente desnuda, a lo que siguió un aumento considerable de las palpitaciones de su enamorado corazón. Creía que le iba a dar un infarto. Cerró los ojos y comenzó a oír una sucesión de golpes rítmicos, miró hacia abajo y se dio cuenta  que era su propio temblor el que movía el paraguas y lo golpeaba contra el suelo. A continuación miró al frente y las formas del pasillo que tenía ante sí fueron difuminándose hasta caer al suelo. Cuando despertó se arrastró hasta el interior del apartamento y cerró la puerta enérgicamente.

  

   Pasó varios días pensando en lo sucedido, hasta que una mañana encontró la solución.  Tomó varios somníferos y espero a que empezaran a hacer efecto. Entonces descolgó el teléfono y pidió un taxi. A los pocos segundos ya estaba completamente dormido. Cuando llegó el taxista la puerta estaba abierta, y una nota pendía de ella: "Soy agorafóbico y necesito que me ayude. Lléveme a la calle Serrano número 22. Cuando llegue allí encontrará que aquella puerta también está abierta, déjeme en el recibidor y salga. En mi bolsillo derecho hay un sobre con 200 euros, son suyos. Gracias". El grueso taxista leyó la nota, dejó la puerta como estaba y desapareció rápidamente. Cuando David despertó comenzó a buscar a Carol, pero ella no estaba allí. Seguía en su viejo apartamento y la noche había caído sobre  la calle.

    Ambos amantes decidieron hacerlo juntos y alquilaron un apartamento justo enfrente de donde vivía David. Fueron enviando los muebles poco a poco, afín de verse sin nada y obligarse así a salir de una vez por todas. En una semana el apartamento de David estaba completamente vacío. Estaba sentado en el suelo y miraba las paredes vacías, donde cada hueco hacía que se sintiera más fuerte y asustado al mismo tiempo. Tan sólo le quedaban un paraguas y su ordenador portátil. A través de él, veía a Carol en la misma situación. Ambos sonreían cuando sonó el timbre. Al abrir encontró a un joven de unos veinte años. Masticaba chicle a una velocidad increíble y antes de preguntarle nada dijo: "Vengo a llevarme un ordenador o algo así."  David se despidió de Carol, cerró el ordenador y se lo entregó al mensajero. Allí estaba, completamente solo, sin un solo mueble, nada que comer, nada que beber, solo ante la situación que él mismo había forzado. Se tumbó en el suelo y se quedó dormido.

  

   Al cabo de un rato miró por la ventana. Las persianas de su nuevo apartamento estaban levantadas, y a través de los sucios cristales podía ver los muebles de ambos agolpados tal y como lo fueron dejando los distintos repartidores. "Ese es mi recibidor y su perchero, el espejo que hace dos días tenía delante de mi y junto a él la reproducción de El guitarrista ciego que tanto le gusta a Carol." – decía.

  

   De pronto la luz le jugó una mala pasada y le pareció ver una sombra que se movía entre los muebles. ¡Un ladrón! Dios, iban a robarle delante de sus narices y no podía hacer nada. Hizo el ademán de buscar el teléfono. ¡Se lo habían llevado el día anterior y no podía llamar a la policía!. Notaba como cada latido en su pecho se hacía más fuerte y cobraba velocidad a medida que pasaban los interminables segundos. Cuando más indignado estaba vio como la sombra se acercaba a la ventana. Era Carol ¡lo había conseguido! ¡Había conseguido salir!

  

   En ese momento se sintió más fuerte que nunca. Empuñó su paraguas, aspiro hondo y salió de su apartamento. El sonido de la puerta al cerrarse detrás de él es algo que nunca olvidaría.

Permalink :: Comentar | Referencias (0)

Esperando la poesía diaria

Por eserinconcasioculto - 6 de Septiembre, 2007, 15:39, Categoría: Pequeños relatos

Esperando la poesía diaria

   El trozo de papel que tenía ante sus ojos era un pedazo de sus esperanzas teñidas con sangre de tinta y piel arrugada. Miró de nuevo el blanco y redondo reloj que colgaba de la blanca e inmaculada pared. Las ocho y treinta y cuatro. Aún era temprano. Era curioso, desde que ese mismo reloj marcaba cada mañana las ocho y hasta que marcara las ocho y cuarenta y tres, el tiempo se hacía  lento, incómodo, lleno de ilusión, esperanza, nerviosismo, curiosidad. Eran cuarenta y tres minutos ataviados con un incómodo disfraz de horas enteras. Sacó un pequeño espejo que tenía guardado en uno de los enormes cajones que contenía el mostrador, se miró y comprobó que todo estaba correcto. "Si, todo está bien" – se dijo. Cogió sus gafas y la miró al trasluz, sacó de su bolsillo una pequeña gamuza arrugada y limpió las lentes. Lo hizo frotando en rápidos movimientos giratorios, sólo unos segundos y volvió a comprobar que la transparencia de las lentes era la adecuada. Al volver a colocarse las gafas volvió a mirar el reloj. Las ocho y treinta y seis. Sólo dos minutos había pasado, esto lo desesperó un poco, pero la desesperación aminoró cuando se dio cuenta que la última vez que comprobó la hora aún faltaban once minutos para las nueve menos cuarto, ahora faltaban solamente nueve.  Sus ojos bajaron hasta el mostrador. Una mancha. Cinco pequeños dedos manchados de chocolate habían dejado sus cinco pequeñas huellas plasmadas en el cristal del mostrador. Inmediatamente sacó una bayeta y limpia-cristales. Cuando hubo desaparecido todo rastro de la mancha, sólo quedaba en el ambiente el penetrante olor del líquido azul del limpiador. No quería que ese olor perdurara largo rato, así que abrió las dos blancas puertas del establecimiento durante un par de minutos. Al volver a cerrarlas, el olor a pan recién horneado ya había invadido toda la tienda. Ese olor, cuando reparaba en él, le hacía recordar su infancia. Sus juegos en esa misma calle, sus amigos que ya no están, aquellos que pasan casi a diario por la puerta y que, a pesar de su cercanía ya tampoco están. Murieron con el tiempo y fueron suplantados por aburridos padres de familia. Instintivamente volvió a comprobar la hora. ¡Las ocho y cuarenta y cuatro!. Estos últimos minutos se habían deslizado silenciosamente y habían salido por debajo de la puerta como si fuesen humo. Dio un salto, se cercioró de que la bata blanca que vestía no tuviera ninguna mancha, al menos visible, arregló un poco las pequeñas arrugas que habían quedado en la tela al estar largo rato sentado y se colocó, como cada mañana, en posición de espera. Se quedó mirando el segundero del reloj. La manecilla iba señalando cada latido de su cada vez más acelerado corazón y, cuando pasaban veinte segundos de las ocho y cuarenta y cinco, apareció. Ella iba vestida con un elegante traje azul. Chaqueta corta, elegante, inmaculada. Falda justo hasta las rodillas. La tela ajustada describía cada curva de su silueta, pero eso apenas se sentía con valor para fijarse detenidamente. Entró, como siempre, mirando en su bolso, pidió unas piezas de pan claras, poco horneadas y él le entregó las que había seleccionado para ella un rato antes. Las monedas sonaron al caer sobre el cristal mientras ella seguía buscando en su billetera si tenía suelto para el taxi. Al darle el cambio, sus dedos rozaron la palma de su mano e inmediatamente notó cómo un leve y placentero mareo hacía que tuviera que apoyarse con la otra mano en el lateral del mostrador. Recogió su bolsa y, sin levantar la mirada del billetero, desapareció después de pronunciar un escueto "Gracias, adios". Él la miró hasta que desapareció por uno de los laterales del exterior, el izquierdo, como siempre. El cóctel de alegría y deseos de un nuevo día dibujaron en sus labios una placentera sonrisa. Solo cabía esperar que al día siguiente, el blanco y redondo reloj de pared que tenía enfrente volviera a marcar las ocho y cuarenta y cinco.

Permalink :: Comentar | Referencias (0)

Blog alojado en ZoomBlog.com