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Esperando la poesía diaria

Por eserinconcasioculto - 6 de Septiembre, 2007, 15:39, Categoría: Pequeños relatos

Esperando la poesía diaria

   El trozo de papel que tenía ante sus ojos era un pedazo de sus esperanzas teñidas con sangre de tinta y piel arrugada. Miró de nuevo el blanco y redondo reloj que colgaba de la blanca e inmaculada pared. Las ocho y treinta y cuatro. Aún era temprano. Era curioso, desde que ese mismo reloj marcaba cada mañana las ocho y hasta que marcara las ocho y cuarenta y tres, el tiempo se hacía  lento, incómodo, lleno de ilusión, esperanza, nerviosismo, curiosidad. Eran cuarenta y tres minutos ataviados con un incómodo disfraz de horas enteras. Sacó un pequeño espejo que tenía guardado en uno de los enormes cajones que contenía el mostrador, se miró y comprobó que todo estaba correcto. "Si, todo está bien" – se dijo. Cogió sus gafas y la miró al trasluz, sacó de su bolsillo una pequeña gamuza arrugada y limpió las lentes. Lo hizo frotando en rápidos movimientos giratorios, sólo unos segundos y volvió a comprobar que la transparencia de las lentes era la adecuada. Al volver a colocarse las gafas volvió a mirar el reloj. Las ocho y treinta y seis. Sólo dos minutos había pasado, esto lo desesperó un poco, pero la desesperación aminoró cuando se dio cuenta que la última vez que comprobó la hora aún faltaban once minutos para las nueve menos cuarto, ahora faltaban solamente nueve.  Sus ojos bajaron hasta el mostrador. Una mancha. Cinco pequeños dedos manchados de chocolate habían dejado sus cinco pequeñas huellas plasmadas en el cristal del mostrador. Inmediatamente sacó una bayeta y limpia-cristales. Cuando hubo desaparecido todo rastro de la mancha, sólo quedaba en el ambiente el penetrante olor del líquido azul del limpiador. No quería que ese olor perdurara largo rato, así que abrió las dos blancas puertas del establecimiento durante un par de minutos. Al volver a cerrarlas, el olor a pan recién horneado ya había invadido toda la tienda. Ese olor, cuando reparaba en él, le hacía recordar su infancia. Sus juegos en esa misma calle, sus amigos que ya no están, aquellos que pasan casi a diario por la puerta y que, a pesar de su cercanía ya tampoco están. Murieron con el tiempo y fueron suplantados por aburridos padres de familia. Instintivamente volvió a comprobar la hora. ¡Las ocho y cuarenta y cuatro!. Estos últimos minutos se habían deslizado silenciosamente y habían salido por debajo de la puerta como si fuesen humo. Dio un salto, se cercioró de que la bata blanca que vestía no tuviera ninguna mancha, al menos visible, arregló un poco las pequeñas arrugas que habían quedado en la tela al estar largo rato sentado y se colocó, como cada mañana, en posición de espera. Se quedó mirando el segundero del reloj. La manecilla iba señalando cada latido de su cada vez más acelerado corazón y, cuando pasaban veinte segundos de las ocho y cuarenta y cinco, apareció. Ella iba vestida con un elegante traje azul. Chaqueta corta, elegante, inmaculada. Falda justo hasta las rodillas. La tela ajustada describía cada curva de su silueta, pero eso apenas se sentía con valor para fijarse detenidamente. Entró, como siempre, mirando en su bolso, pidió unas piezas de pan claras, poco horneadas y él le entregó las que había seleccionado para ella un rato antes. Las monedas sonaron al caer sobre el cristal mientras ella seguía buscando en su billetera si tenía suelto para el taxi. Al darle el cambio, sus dedos rozaron la palma de su mano e inmediatamente notó cómo un leve y placentero mareo hacía que tuviera que apoyarse con la otra mano en el lateral del mostrador. Recogió su bolsa y, sin levantar la mirada del billetero, desapareció después de pronunciar un escueto "Gracias, adios". Él la miró hasta que desapareció por uno de los laterales del exterior, el izquierdo, como siempre. El cóctel de alegría y deseos de un nuevo día dibujaron en sus labios una placentera sonrisa. Solo cabía esperar que al día siguiente, el blanco y redondo reloj de pared que tenía enfrente volviera a marcar las ocho y cuarenta y cinco.

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