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Barrotes de barro y agua

Por eserinconcasioculto - 9 de Septiembre, 2007, 12:21, Categoría: Pequeños relatos

   ¿En cuántas cárceles puede vivir un hombre al mismo tiempo?. ¿Cuántos barrotes es capaz de cortar con sólo cerrar los ojos y dar un paso?. Mi amada celda. Este espacio en que las cosas pasan sólo si yo quiero que pase. Mis barrotes no son de hierro, sino del humo de mis propios cigarrillos. Mis barrotes son de barro y agua, de hielo y fuego, de prisa y tiempo. Mis amados barrotes ya no contienen el tiempo, pues el tiempo no se puede contener más que con más tiempo.

  

   David vivía en su cárcel inmaculada desde hacía cuatro años. Después del accidente se sintió muy arropado. Sus amigos venían a visitarlo a diario. Elisa se había ido a vivir con él y todo era perfecto, pero la perfección dura sólo un momento. Quizás por eso sea perfecta, por su traicionera fugacidad. Los amigos empezaron a ir a visitarlo un par de veces por semana. Cada dos semanas, y en unos meses simplemente dejaron de hacerlo. Lo de Elisa fue más directo. Una mañana se levantó y dijo que no aguantaba más. Se fue. Y David no fue capaz de seguirla a las escaleras.

  

   Desde entonces su vida se convirtió en un continuo peregrinar por los campos de la ansiedad, la desesperación y la obsesión por enfermedades imaginarias, de las cuales incluso sentía cualquier síntoma que leyera en Internet o en alguna revista.

  

   El enorme peso de la soledad y el temor a que allí solo, si enfermara, no podría ayudarle nadie hizo que se fuera aficionando a los chats. Fue allí donde conoció a Carolina, Carol, como le gustaba llamarla. Carol era cinco años menor que él. Vivían en la misma ciudad y ambos padecían agorafobia. Ambos pasaban la mayor parte del día delante del teclado, describiendo cada arruga del manto que les cubría día y noche, ese manto del color de un mal sueño, el tacto de una sonrisa disimulada y el olor de miles de besos que no salieron de sus desnudos labios.

  

   Día a día, charla a charla, lo que en principio era una salida a las preocupaciones de cada uno se fue convirtiendo en una sonrisa tras otra, una búsqueda en el interior del otro, una dependencia mutua que desembocó en lo inevitable: el amor.       

 

   Así pasaron los meses, pero David no se contentaba con ver a Carol en la pantalla de su ordenador, así que se vistió, cogió su paraguas y decidió salir en su busca. No llovía, es más, un sol radiante iluminaba la calle abarrotada de gente. David lo sabía, así que no quiso asomarse. El paraguas sólo lo usaba como objeto contra fóbico, para ayudarse a la difícil tarea de afrontar el temor.

   Apretó con todas sus fuerzas el mango de su paraguas, abrió la puerta y miró el pasillo que parecía esperarle desafiante. Notó como un sudor frío poblaba su frente desnuda, a lo que siguió un aumento considerable de las palpitaciones de su enamorado corazón. Creía que le iba a dar un infarto. Cerró los ojos y comenzó a oír una sucesión de golpes rítmicos, miró hacia abajo y se dio cuenta  que era su propio temblor el que movía el paraguas y lo golpeaba contra el suelo. A continuación miró al frente y las formas del pasillo que tenía ante sí fueron difuminándose hasta caer al suelo. Cuando despertó se arrastró hasta el interior del apartamento y cerró la puerta enérgicamente.

  

   Pasó varios días pensando en lo sucedido, hasta que una mañana encontró la solución.  Tomó varios somníferos y espero a que empezaran a hacer efecto. Entonces descolgó el teléfono y pidió un taxi. A los pocos segundos ya estaba completamente dormido. Cuando llegó el taxista la puerta estaba abierta, y una nota pendía de ella: "Soy agorafóbico y necesito que me ayude. Lléveme a la calle Serrano número 22. Cuando llegue allí encontrará que aquella puerta también está abierta, déjeme en el recibidor y salga. En mi bolsillo derecho hay un sobre con 200 euros, son suyos. Gracias". El grueso taxista leyó la nota, dejó la puerta como estaba y desapareció rápidamente. Cuando David despertó comenzó a buscar a Carol, pero ella no estaba allí. Seguía en su viejo apartamento y la noche había caído sobre  la calle.

    Ambos amantes decidieron hacerlo juntos y alquilaron un apartamento justo enfrente de donde vivía David. Fueron enviando los muebles poco a poco, afín de verse sin nada y obligarse así a salir de una vez por todas. En una semana el apartamento de David estaba completamente vacío. Estaba sentado en el suelo y miraba las paredes vacías, donde cada hueco hacía que se sintiera más fuerte y asustado al mismo tiempo. Tan sólo le quedaban un paraguas y su ordenador portátil. A través de él, veía a Carol en la misma situación. Ambos sonreían cuando sonó el timbre. Al abrir encontró a un joven de unos veinte años. Masticaba chicle a una velocidad increíble y antes de preguntarle nada dijo: "Vengo a llevarme un ordenador o algo así."  David se despidió de Carol, cerró el ordenador y se lo entregó al mensajero. Allí estaba, completamente solo, sin un solo mueble, nada que comer, nada que beber, solo ante la situación que él mismo había forzado. Se tumbó en el suelo y se quedó dormido.

  

   Al cabo de un rato miró por la ventana. Las persianas de su nuevo apartamento estaban levantadas, y a través de los sucios cristales podía ver los muebles de ambos agolpados tal y como lo fueron dejando los distintos repartidores. "Ese es mi recibidor y su perchero, el espejo que hace dos días tenía delante de mi y junto a él la reproducción de El guitarrista ciego que tanto le gusta a Carol." – decía.

  

   De pronto la luz le jugó una mala pasada y le pareció ver una sombra que se movía entre los muebles. ¡Un ladrón! Dios, iban a robarle delante de sus narices y no podía hacer nada. Hizo el ademán de buscar el teléfono. ¡Se lo habían llevado el día anterior y no podía llamar a la policía!. Notaba como cada latido en su pecho se hacía más fuerte y cobraba velocidad a medida que pasaban los interminables segundos. Cuando más indignado estaba vio como la sombra se acercaba a la ventana. Era Carol ¡lo había conseguido! ¡Había conseguido salir!

  

   En ese momento se sintió más fuerte que nunca. Empuñó su paraguas, aspiro hondo y salió de su apartamento. El sonido de la puerta al cerrarse detrás de él es algo que nunca olvidaría.

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