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Octubre del 2007

Naufragios

Por eserinconcasioculto - 12 de Octubre, 2007, 20:54, Categoría: Poemas y otras aperturas

Que tus palabras renazcan de mi sangre

Que mi sangre sea saliva de tus vientos

Que tus vientos ¡ay! me digan al oído

Que tus placeres nacieron del silencio.

 

Que mi silencio sea la envidia de los cuerdos

Que mis palabras se oigan y se olviden

Que mis olvidos sagrados sean paganos

Que mi creencia sea solo un bello sueño.

 

Y que mis sueños transporten mis desdichas

Que las conviertan en parte de mi vida

Y que mi vida sea solo recordada

Por las palabras desnudas y oxidadas

Ante el mar de sangre y lodo

Ante el viento y el rescoldo

De los maderos que duermen en la arena

De los naufragios de mi alma traicionera

Del sabor que deja un beso

Del color del mar incierto

Y del regazo perdido

Del encontrado cobijo

Que me brindas cada noche

En cada  beso.

Destino.

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La Ventana

Por eserinconcasioculto - 12 de Octubre, 2007, 20:43, Categoría: Pequeños relatos

   Los ojos del joven se centraron en una extensa ventana cerrada en el tosco edificio que había frente al suyo. En ella no había nada, excepto una dulce sonrisa adherida a un joven y hermoso rostro. Esa fue la primera vez que la vio, desde aquel momento no dejó de verla aún cuando, en la más absoluta oscuridad se levantaba de madrugada y la buscaba en la ventana de enfrente sin encontrarla. A pesar de su sonrisa cierto aire melancólico vestía aquel rostro. No tenías más de veinticinco años ni menos de veinte. Durante un largo rato estuvo contemplando como la joven escribía algo sentada frente a su ventana. Desde aquella tarde, cuando llegaba del trabajo abría las contraventanas de su apartamento y se dedicaba a observarla. Esto, más que un pasatiempo,  se convirtió casi en una obsesión.

   Una tarde vio como su hermosa y delicada vecina asomaba su bello rostro a la calle y dejaba caer un paquete sobre la acera. Inmediatamente bajó las escaleras y fue a buscarlo. Lo recogió del suelo y se lo llevó a casa. Lo depositó sobre una gran mesa de madera de cedro que presidía el centro del salón  y estuvo mirándolo durante horas.  "Si lo ha dejado caer es porque quiere que alguien lo abra" – se decía. "Voy a abrirlo" e inmediatamente cambiaba de idea: "Debo cruzar la calle y entregárselo, eso estaría mejor". Sus dudas hicieron que la tarde pasara muy deprisa y cuando cayó la noche no pudo aguantar más la curiosidad y lo abrió. En él había un escueto mensaje que decía: "En este paquete no dejo otra cosa que mi propia muerte. Y tú, que lo recogiste, eres legítimo dueño de ella." Este mensaje hizo dudar al joven "En este paquete no dejo sino mi propia muerte" - se repetía - "¿qué querrá decir esto?" Al notar cierto peso en el papel de dio cuenta que en el reverso de este estaba adherida una pequeña llave. Esta era demasiado pequeña para ser de una puerta y demasiado grande para ser de un joyero. La tomó entre sus dedos y la examinó detenidamente mientras caminaba hacia el dormitorio y se sentaba en el borde de la cama. Así pasó la noche, deambulando por la habitación o tumbado mientras alzaba la llave que, en cierto modo le había sido entregada. Al fin le venció el sueño.

   A la mañana siguiente se decidió a llevar el paquete a su dueña. Al llegar a la puerta del piso vio que estaba entreabierta. Entró y se encontró en un enorme salón completamente vacío. No había nadie. No había nada. Ni un solo mueble. Ni un solo indicio de haber sido habitado en los últimos meses. Pensó que se había equivocado y se asomó a la ventana. Desde esta, justo enfrente, podía ver su pequeño apartamento. No había duda. Estaba en el sitio correcto. Pero ¿por qué ha desalojado todo con tanta presura? Entonces buscó por cada rincón de las habitaciones vacías. Un papel, cualquier pista que le llevara a la cerradura que encajara con la llave que tenía en su mano. Al llegar al dormitorio, en un rincón, encontró un baúl de unos cuarenta centímetros de alto y otros tantos de fondo. Intentó meter la llave pero esta no entraba. Lo intentó varias veces, pero era imposible hacerla encajar. Su desilusión iba en aumento cuando decidió darle la vuelta y la llave entró completamente en la cerradura. La giró y abrió el baúl muy lentamente. Cual fue su sorpresa al descubrir que aquel baúl tan sólo contenía una cosa, cientos de cosas pero todas eran lo mismo: cartas. Cientos de cartas sin franquear, ordenadas cronológicamente y unidas entre sí por  elegantes lazos de seda rojos,  formando pequeños paquetes de 15 ó 20. Aunque le pareció que no actuaba correctamente abrió una de ellas, y comenzó a leer:

   "Estimado y desconocido vecino:

   Me alega sobremanera que su planta ya se encuentre bien. Temí que terminara de secarse y vi cómo sus verdes hojas iban cogiendo un tono amarillento, pero gracias a sus cuidados han vuelto a su color natural. Hubo un momento en que sentí ciertos celos de su planta. ¡Qué tontería! ¿No? Pero yo no soy más que eso, una delicada planta que necesita de sus cuidados, aunque nunca me atrevería a pedírselos.

P.D.: Está usted muy elegante con la bata nueva. Le da cierto aire intelectual. En realidad está usted muy elegante siempre."

   Estas palabras hicieron que el joven se sintiera muy sorprendido, pero aún más cuando vio la fecha en que fue escrita. ¡¡¡Era de tres años antes!!!

   Volvió a dejar la carta donde la había encontrado y buscó la más antigua. Esta databa de cinco años atrás. Justo el día en que él se mudó a su nuevo apartamento. Se sentó en el frío suelo y comenzó a leer una tras otra. A medida que iba avanzando en su lectura se iba dando cuenta que, reflejada en esas cartas estaba cada detalle de su aburrida existencia en los últimos años, desde la evolución de un simple resfriado hasta la enfermedad de sus plantas bajo la ventana de enfrente.

   Al llegar a la última, vio que esta no estaba escrita, sino que, salvo unos trazos incoloros en una de sus caras, permanecía con el mismo tono inmaculado y uniforme que vestía cuando salió de la tienda. Se la llevó a casa y estuvo inspeccionándola un buen rato. Se disponía a cenar, con el papel a un lado de la mesa cuando, de pronto, lo vio todo claro. Limón. De pequeño fabricaba una especie de tinta invisible a base de limón la cual, al calentarse sobre una llama cambiaba de color dejando ver el texto escrito anteriormente. Eso hizo, encendió una vela y poco a poco fue apareciendo el mensaje oculto. Comenzó a leer antes de aparecer todas las letras, y un trozo del final del papel comenzó a arder. Se levantó y apagó el pequeño incendio golpeando la carta enrollada sobre la mesa. Al fin pudo leer lo que decía:

"Amado y venerado vecino:

Esta situación se me hace insoportable. Soy débil, y no aguantaría una negativa tuya a mis más sinceras pretensiones, por lo que he decidido no hablarte personalmente. Eres todo y sin ti no existo. Puesto que no eres mío he decidido quitarme la vida que no tengo contigo. Imagino que ya habrá oscurecido, por lo que habrás encendido tu pequeña lámpara de aceite y estarás leyendo mientas te das un pequeño masaje circular sobre tu barbilla. No se si me amas, pero si no lo haces y no vienes a impedirlo mis días acabarán a las doce en punto y el lugar elegido para este fin es…"

La última parte estaba totalmente carbonizada, por lo que le fue imposible leer el lugar en concreto. Sobre fondo negro, y a modo de negativo, pudo reconstruir la última frase. "En un doble fondo del baúl hay una última carta."

Bajó de inmediato y cruzó la calle. Cuando despegó el papel con el que estaba decorado el interior del baúl la encontró. Allí estaba. Quizás fuera un a copia de la carta anterior y así podría ver donde estaba la dulce criatura que era dueña de las letras antes leídas.

"Amado y Adorado vecino:

No soporto la idea de morir sin ti. El papel que tienes en tus manos ha sido rociado con arsénico, que pronto empezará a hacer su efecto. Un Beso de aquella que te quiere y que espera hacerlo siempre, junto a ti, para toda la eternidad."

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