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Pequeños relatos

El Asesino

Por eserinconcasioculto - 12 de Agosto, 2008, 17:29, Categoría: Pequeños relatos

Aquí, entre la penumbra de la madre noche, aquella que esconde mentiras y verdades bajo su falda, intento esconder mi aterrado rostro. Miro mis manos. Miro mis ensangrentadas manos. La travesura de la Luna juega dibujando extrañas sombras en ellas con la sangre reseca. Mis manos, antes impávidas y ahora temblorosas, intentan que no lleguen a tocarse los dedos entre sí. Quizás por vergüenza ante el acto que acabo de cometer. Quizás por no deformar los perfectos dibujos que sobre ellas hay.

Desde hoy soy un asesino. Lo seré siempre. Quizás lo fuera antes. No lo sé. Seguro que llevo mucho tiempo siéndolo sin saberlo.

El canto de las campanas sobre mi cabeza me dicen que es tarde, muy tarde. El silencio a mi espalda me grita que aún tengo tiempo de escapar. Quizás pueda hacerlo. Me levanto torpemente, con lentitud. Miro por última vez su cadáver sin vida y dirijo mis adormecidos pasos a la escalera.

- Eres un asesino – me digo a mí mismo en voz baja mientras abandono el campanario y salgo a la calle.

- Eres un asesino – me repito ya sin tener en cuenta el tono de mi voz. Apenas puedo oírme. Tan sólo oigo mis pasos sobre el asfalto intentando tomar el mismo ritmo que los latidos de mi sucio corazón.

- ¡Eres un asesino! – Me grito mientras, a la luz de las farolas vuelvo a ver la sangre en mis ropas, mis manos y mi alma.

He asesinado a mi tiempo. He abandonado su cadáver en el campanario del pasado.

- Quizás esté moribundo – Me consuelo mientras las sombras nocturnas van dando paso a perceptibles formas y yo me pierdo detrás de una esquina cualquiera. Quizás para siempre.

El Cristal de mi ventana

Por eserinconcasioculto - 9 de Abril, 2008, 16:12, Categoría: Pequeños relatos

   El cristal de mi ventana me cuenta todo. Me cuenta que las gotas de lluvia quieren borrar el gris del asfalto a base de golpes. Los primeros tímidos, distantes, casi besando la grava en vez de golpearla. Luego lo hace con más fuerza, intentando sorprenderlo. El asfalto se defiende casi sin esfuerzo. En unos segundos no quedan huecos claros en él ya que cada golpe de lluvia ha sido respondido con un gris más oscuro. La lluvia, vencida en su orgullo, termina golpeando a la propia agua que cayó antes. Ya casi no lo toca siquiera y vencida, en grupo, se va retirando formando una fila junto al bordillo de la acera. Pero en su huída no quiere darse por vencida aún, insiste, sigue insistiendo sin cambiar de táctica aunque esta vez el grueso de su ejército es mayor, tanto que apenas dejan pasar la luz del sol entre las gotas que aún esperan su turno allá en el cielo. Se enfurece, golpea con más fuerza, con rabia, desesperadamente. El gris del asfalto, en cambio, está tranquilo, confiado, seguro de su dureza. Al cabo de un rato la lluvia se cansa, los golpes ya no tienen fuerza alguna y se retira lentamente, vencida. Y esperando el próximo encuentro dejan en el campo de batalla los cadáveres que cayeron heroicamente mientras se consuela pensando: “lo hemos ablandado un poco más”

 

   Después se retira a los campos. La tierra la recibe con alegría y jolgorio. Se besan, se rozan, se acarician. La lluvia se incrusta en la tierra y esta no puede hacer otra cosa que gemir. Hacen el amor entre gritos y gemidos. Hacen el amor enérgicamente, con la pasión de dos enamorados que creen que se conocen sin hacerlo. Y lloran y ríen y gozan y sueñan y bailan. Y tras el acto, el silencio, la calma. Descansan en completo silencio. Después, sin importarles cuando volverán a verse, no se despiden, sino que se miran y se alejan. La tierra sonríe. La lluvia se pierde buscando un nuevo asfalto con quien luchar y una nueva tierra a quien amar, condenada al viaje eterno se pone el abrigo y coge el paraguas. “Mañana puede que llueva” – susurra mirando al cielo.

La Ventana

Por eserinconcasioculto - 12 de Octubre, 2007, 20:43, Categoría: Pequeños relatos

   Los ojos del joven se centraron en una extensa ventana cerrada en el tosco edificio que había frente al suyo. En ella no había nada, excepto una dulce sonrisa adherida a un joven y hermoso rostro. Esa fue la primera vez que la vio, desde aquel momento no dejó de verla aún cuando, en la más absoluta oscuridad se levantaba de madrugada y la buscaba en la ventana de enfrente sin encontrarla. A pesar de su sonrisa cierto aire melancólico vestía aquel rostro. No tenías más de veinticinco años ni menos de veinte. Durante un largo rato estuvo contemplando como la joven escribía algo sentada frente a su ventana. Desde aquella tarde, cuando llegaba del trabajo abría las contraventanas de su apartamento y se dedicaba a observarla. Esto, más que un pasatiempo,  se convirtió casi en una obsesión.

   Una tarde vio como su hermosa y delicada vecina asomaba su bello rostro a la calle y dejaba caer un paquete sobre la acera. Inmediatamente bajó las escaleras y fue a buscarlo. Lo recogió del suelo y se lo llevó a casa. Lo depositó sobre una gran mesa de madera de cedro que presidía el centro del salón  y estuvo mirándolo durante horas.  "Si lo ha dejado caer es porque quiere que alguien lo abra" – se decía. "Voy a abrirlo" e inmediatamente cambiaba de idea: "Debo cruzar la calle y entregárselo, eso estaría mejor". Sus dudas hicieron que la tarde pasara muy deprisa y cuando cayó la noche no pudo aguantar más la curiosidad y lo abrió. En él había un escueto mensaje que decía: "En este paquete no dejo otra cosa que mi propia muerte. Y tú, que lo recogiste, eres legítimo dueño de ella." Este mensaje hizo dudar al joven "En este paquete no dejo sino mi propia muerte" - se repetía - "¿qué querrá decir esto?" Al notar cierto peso en el papel de dio cuenta que en el reverso de este estaba adherida una pequeña llave. Esta era demasiado pequeña para ser de una puerta y demasiado grande para ser de un joyero. La tomó entre sus dedos y la examinó detenidamente mientras caminaba hacia el dormitorio y se sentaba en el borde de la cama. Así pasó la noche, deambulando por la habitación o tumbado mientras alzaba la llave que, en cierto modo le había sido entregada. Al fin le venció el sueño.

   A la mañana siguiente se decidió a llevar el paquete a su dueña. Al llegar a la puerta del piso vio que estaba entreabierta. Entró y se encontró en un enorme salón completamente vacío. No había nadie. No había nada. Ni un solo mueble. Ni un solo indicio de haber sido habitado en los últimos meses. Pensó que se había equivocado y se asomó a la ventana. Desde esta, justo enfrente, podía ver su pequeño apartamento. No había duda. Estaba en el sitio correcto. Pero ¿por qué ha desalojado todo con tanta presura? Entonces buscó por cada rincón de las habitaciones vacías. Un papel, cualquier pista que le llevara a la cerradura que encajara con la llave que tenía en su mano. Al llegar al dormitorio, en un rincón, encontró un baúl de unos cuarenta centímetros de alto y otros tantos de fondo. Intentó meter la llave pero esta no entraba. Lo intentó varias veces, pero era imposible hacerla encajar. Su desilusión iba en aumento cuando decidió darle la vuelta y la llave entró completamente en la cerradura. La giró y abrió el baúl muy lentamente. Cual fue su sorpresa al descubrir que aquel baúl tan sólo contenía una cosa, cientos de cosas pero todas eran lo mismo: cartas. Cientos de cartas sin franquear, ordenadas cronológicamente y unidas entre sí por  elegantes lazos de seda rojos,  formando pequeños paquetes de 15 ó 20. Aunque le pareció que no actuaba correctamente abrió una de ellas, y comenzó a leer:

   "Estimado y desconocido vecino:

   Me alega sobremanera que su planta ya se encuentre bien. Temí que terminara de secarse y vi cómo sus verdes hojas iban cogiendo un tono amarillento, pero gracias a sus cuidados han vuelto a su color natural. Hubo un momento en que sentí ciertos celos de su planta. ¡Qué tontería! ¿No? Pero yo no soy más que eso, una delicada planta que necesita de sus cuidados, aunque nunca me atrevería a pedírselos.

P.D.: Está usted muy elegante con la bata nueva. Le da cierto aire intelectual. En realidad está usted muy elegante siempre."

   Estas palabras hicieron que el joven se sintiera muy sorprendido, pero aún más cuando vio la fecha en que fue escrita. ¡¡¡Era de tres años antes!!!

   Volvió a dejar la carta donde la había encontrado y buscó la más antigua. Esta databa de cinco años atrás. Justo el día en que él se mudó a su nuevo apartamento. Se sentó en el frío suelo y comenzó a leer una tras otra. A medida que iba avanzando en su lectura se iba dando cuenta que, reflejada en esas cartas estaba cada detalle de su aburrida existencia en los últimos años, desde la evolución de un simple resfriado hasta la enfermedad de sus plantas bajo la ventana de enfrente.

   Al llegar a la última, vio que esta no estaba escrita, sino que, salvo unos trazos incoloros en una de sus caras, permanecía con el mismo tono inmaculado y uniforme que vestía cuando salió de la tienda. Se la llevó a casa y estuvo inspeccionándola un buen rato. Se disponía a cenar, con el papel a un lado de la mesa cuando, de pronto, lo vio todo claro. Limón. De pequeño fabricaba una especie de tinta invisible a base de limón la cual, al calentarse sobre una llama cambiaba de color dejando ver el texto escrito anteriormente. Eso hizo, encendió una vela y poco a poco fue apareciendo el mensaje oculto. Comenzó a leer antes de aparecer todas las letras, y un trozo del final del papel comenzó a arder. Se levantó y apagó el pequeño incendio golpeando la carta enrollada sobre la mesa. Al fin pudo leer lo que decía:

"Amado y venerado vecino:

Esta situación se me hace insoportable. Soy débil, y no aguantaría una negativa tuya a mis más sinceras pretensiones, por lo que he decidido no hablarte personalmente. Eres todo y sin ti no existo. Puesto que no eres mío he decidido quitarme la vida que no tengo contigo. Imagino que ya habrá oscurecido, por lo que habrás encendido tu pequeña lámpara de aceite y estarás leyendo mientas te das un pequeño masaje circular sobre tu barbilla. No se si me amas, pero si no lo haces y no vienes a impedirlo mis días acabarán a las doce en punto y el lugar elegido para este fin es…"

La última parte estaba totalmente carbonizada, por lo que le fue imposible leer el lugar en concreto. Sobre fondo negro, y a modo de negativo, pudo reconstruir la última frase. "En un doble fondo del baúl hay una última carta."

Bajó de inmediato y cruzó la calle. Cuando despegó el papel con el que estaba decorado el interior del baúl la encontró. Allí estaba. Quizás fuera un a copia de la carta anterior y así podría ver donde estaba la dulce criatura que era dueña de las letras antes leídas.

"Amado y Adorado vecino:

No soporto la idea de morir sin ti. El papel que tienes en tus manos ha sido rociado con arsénico, que pronto empezará a hacer su efecto. Un Beso de aquella que te quiere y que espera hacerlo siempre, junto a ti, para toda la eternidad."

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La Visita

Por eserinconcasioculto - 26 de Septiembre, 2007, 15:51, Categoría: Pequeños relatos

"La visita"

   …entonces desperté y la incapacidad de movimiento, aquella que viene de la mano del terror más absoluto, se apoderó de mi cuerpo indefenso. Intenté levantarme de aquella silla pero no pude. Ninguna cuerda inmovilizaba mis manos, ninguna mordaza callaban mis gritos de horror, pero no podía ver, no podía moverme, tan sólo podía oír como merodeabas a mi alrededor, en silencio, inspeccionando cada poro de mi sudorosa piel. Forcé mis ojos para intentar vislumbrar un atisbo de luz, con idea de, al menos ubicar la ventana y saber así mi posición. Fue imposible. Entonces surgió una duda: ¿quién eras?, aunque aquella no era la pregunta adecuada, sino la que vino a continuación: ¿qué querías hacer conmigo?. No podía imaginarlo y aquella idea me aterrorizaba sobremanera.

   Te detuviste detrás de mí, me miraste y noté como tus ojos se clavaban en mi nuca. Noté como la frialdad de tu mirada helaba mis huesos sin tocar mi piel. Mi pequeño y diminuto ser quiso haber sido aire y volar, pero no volé. Mis alas habían sido cortadas por mil diminutos dientes que dejaron su huella en mi cuerpo. Tus pasos. Aún oigo tus desnudos pies sobre la loza fría, acercándose a mi silla lentamente por la espalda. Dejaste caer sobre mis hombros tu gélida respiración. Era un vaivén rítmico que caía suavemente sobre mi piel y se iba convirtiendo en silencio para volver a visitarme al instante. Sigilosamente como una serpiente tu fría respiración subió hasta mi cuello y ahí se detuvo. Tras unos segundos oí tu voz:

-         "¿Sabes quien soy?".

   Mis balbuceantes palabras no supieron ver la salida y murieron en el mar de mi propio silencio. No podía verte, pero podía sentirte y ya sabía en todo momento dónde estabas, sin necesidad de una imagen, un sonido u otra señal que me indicara tu ubicación. Simplemente te sentía cerca, más cerca de lo que nunca estuvo nadie. Tan cerca que había momentos en que dudaba si estabas ahí afuera o dentro de mi aterrorizado cuerpo.

   Oí cómo tus pasos volvían a danzar a mí alrededor, una macabra danza que aún hoy oigo. De nuevo te colocaste detrás de mi y me susurraste al oído: "Soy la Muerte". Unos minutos de silencio tensaron aún más la situación. Quizás fueran segundos, pero a mi me parecieron días.

   Tus palabras volvieron a nacer a escasos centímetros de mi oído: "pero no he venido a buscarte, sino a conocerte". Tu frío aliento fue desapareciendo y la distancia me hizo respirar con un poco más de soltura. Entonces noté como te acercabas de nuevo. Tus labios rozaron mi cuello, un dulce y terrorífico beso aquel que me diste, antes de desvanecerte en la oscuridad y marcharte tal y como habías venido.

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Barrotes de barro y agua

Por eserinconcasioculto - 9 de Septiembre, 2007, 12:21, Categoría: Pequeños relatos

   ¿En cuántas cárceles puede vivir un hombre al mismo tiempo?. ¿Cuántos barrotes es capaz de cortar con sólo cerrar los ojos y dar un paso?. Mi amada celda. Este espacio en que las cosas pasan sólo si yo quiero que pase. Mis barrotes no son de hierro, sino del humo de mis propios cigarrillos. Mis barrotes son de barro y agua, de hielo y fuego, de prisa y tiempo. Mis amados barrotes ya no contienen el tiempo, pues el tiempo no se puede contener más que con más tiempo.

  

   David vivía en su cárcel inmaculada desde hacía cuatro años. Después del accidente se sintió muy arropado. Sus amigos venían a visitarlo a diario. Elisa se había ido a vivir con él y todo era perfecto, pero la perfección dura sólo un momento. Quizás por eso sea perfecta, por su traicionera fugacidad. Los amigos empezaron a ir a visitarlo un par de veces por semana. Cada dos semanas, y en unos meses simplemente dejaron de hacerlo. Lo de Elisa fue más directo. Una mañana se levantó y dijo que no aguantaba más. Se fue. Y David no fue capaz de seguirla a las escaleras.

  

   Desde entonces su vida se convirtió en un continuo peregrinar por los campos de la ansiedad, la desesperación y la obsesión por enfermedades imaginarias, de las cuales incluso sentía cualquier síntoma que leyera en Internet o en alguna revista.

  

   El enorme peso de la soledad y el temor a que allí solo, si enfermara, no podría ayudarle nadie hizo que se fuera aficionando a los chats. Fue allí donde conoció a Carolina, Carol, como le gustaba llamarla. Carol era cinco años menor que él. Vivían en la misma ciudad y ambos padecían agorafobia. Ambos pasaban la mayor parte del día delante del teclado, describiendo cada arruga del manto que les cubría día y noche, ese manto del color de un mal sueño, el tacto de una sonrisa disimulada y el olor de miles de besos que no salieron de sus desnudos labios.

  

   Día a día, charla a charla, lo que en principio era una salida a las preocupaciones de cada uno se fue convirtiendo en una sonrisa tras otra, una búsqueda en el interior del otro, una dependencia mutua que desembocó en lo inevitable: el amor.       

 

   Así pasaron los meses, pero David no se contentaba con ver a Carol en la pantalla de su ordenador, así que se vistió, cogió su paraguas y decidió salir en su busca. No llovía, es más, un sol radiante iluminaba la calle abarrotada de gente. David lo sabía, así que no quiso asomarse. El paraguas sólo lo usaba como objeto contra fóbico, para ayudarse a la difícil tarea de afrontar el temor.

   Apretó con todas sus fuerzas el mango de su paraguas, abrió la puerta y miró el pasillo que parecía esperarle desafiante. Notó como un sudor frío poblaba su frente desnuda, a lo que siguió un aumento considerable de las palpitaciones de su enamorado corazón. Creía que le iba a dar un infarto. Cerró los ojos y comenzó a oír una sucesión de golpes rítmicos, miró hacia abajo y se dio cuenta  que era su propio temblor el que movía el paraguas y lo golpeaba contra el suelo. A continuación miró al frente y las formas del pasillo que tenía ante sí fueron difuminándose hasta caer al suelo. Cuando despertó se arrastró hasta el interior del apartamento y cerró la puerta enérgicamente.

  

   Pasó varios días pensando en lo sucedido, hasta que una mañana encontró la solución.  Tomó varios somníferos y espero a que empezaran a hacer efecto. Entonces descolgó el teléfono y pidió un taxi. A los pocos segundos ya estaba completamente dormido. Cuando llegó el taxista la puerta estaba abierta, y una nota pendía de ella: "Soy agorafóbico y necesito que me ayude. Lléveme a la calle Serrano número 22. Cuando llegue allí encontrará que aquella puerta también está abierta, déjeme en el recibidor y salga. En mi bolsillo derecho hay un sobre con 200 euros, son suyos. Gracias". El grueso taxista leyó la nota, dejó la puerta como estaba y desapareció rápidamente. Cuando David despertó comenzó a buscar a Carol, pero ella no estaba allí. Seguía en su viejo apartamento y la noche había caído sobre  la calle.

    Ambos amantes decidieron hacerlo juntos y alquilaron un apartamento justo enfrente de donde vivía David. Fueron enviando los muebles poco a poco, afín de verse sin nada y obligarse así a salir de una vez por todas. En una semana el apartamento de David estaba completamente vacío. Estaba sentado en el suelo y miraba las paredes vacías, donde cada hueco hacía que se sintiera más fuerte y asustado al mismo tiempo. Tan sólo le quedaban un paraguas y su ordenador portátil. A través de él, veía a Carol en la misma situación. Ambos sonreían cuando sonó el timbre. Al abrir encontró a un joven de unos veinte años. Masticaba chicle a una velocidad increíble y antes de preguntarle nada dijo: "Vengo a llevarme un ordenador o algo así."  David se despidió de Carol, cerró el ordenador y se lo entregó al mensajero. Allí estaba, completamente solo, sin un solo mueble, nada que comer, nada que beber, solo ante la situación que él mismo había forzado. Se tumbó en el suelo y se quedó dormido.

  

   Al cabo de un rato miró por la ventana. Las persianas de su nuevo apartamento estaban levantadas, y a través de los sucios cristales podía ver los muebles de ambos agolpados tal y como lo fueron dejando los distintos repartidores. "Ese es mi recibidor y su perchero, el espejo que hace dos días tenía delante de mi y junto a él la reproducción de El guitarrista ciego que tanto le gusta a Carol." – decía.

  

   De pronto la luz le jugó una mala pasada y le pareció ver una sombra que se movía entre los muebles. ¡Un ladrón! Dios, iban a robarle delante de sus narices y no podía hacer nada. Hizo el ademán de buscar el teléfono. ¡Se lo habían llevado el día anterior y no podía llamar a la policía!. Notaba como cada latido en su pecho se hacía más fuerte y cobraba velocidad a medida que pasaban los interminables segundos. Cuando más indignado estaba vio como la sombra se acercaba a la ventana. Era Carol ¡lo había conseguido! ¡Había conseguido salir!

  

   En ese momento se sintió más fuerte que nunca. Empuñó su paraguas, aspiro hondo y salió de su apartamento. El sonido de la puerta al cerrarse detrás de él es algo que nunca olvidaría.

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Esperando la poesía diaria

Por eserinconcasioculto - 6 de Septiembre, 2007, 15:39, Categoría: Pequeños relatos

Esperando la poesía diaria

   El trozo de papel que tenía ante sus ojos era un pedazo de sus esperanzas teñidas con sangre de tinta y piel arrugada. Miró de nuevo el blanco y redondo reloj que colgaba de la blanca e inmaculada pared. Las ocho y treinta y cuatro. Aún era temprano. Era curioso, desde que ese mismo reloj marcaba cada mañana las ocho y hasta que marcara las ocho y cuarenta y tres, el tiempo se hacía  lento, incómodo, lleno de ilusión, esperanza, nerviosismo, curiosidad. Eran cuarenta y tres minutos ataviados con un incómodo disfraz de horas enteras. Sacó un pequeño espejo que tenía guardado en uno de los enormes cajones que contenía el mostrador, se miró y comprobó que todo estaba correcto. "Si, todo está bien" – se dijo. Cogió sus gafas y la miró al trasluz, sacó de su bolsillo una pequeña gamuza arrugada y limpió las lentes. Lo hizo frotando en rápidos movimientos giratorios, sólo unos segundos y volvió a comprobar que la transparencia de las lentes era la adecuada. Al volver a colocarse las gafas volvió a mirar el reloj. Las ocho y treinta y seis. Sólo dos minutos había pasado, esto lo desesperó un poco, pero la desesperación aminoró cuando se dio cuenta que la última vez que comprobó la hora aún faltaban once minutos para las nueve menos cuarto, ahora faltaban solamente nueve.  Sus ojos bajaron hasta el mostrador. Una mancha. Cinco pequeños dedos manchados de chocolate habían dejado sus cinco pequeñas huellas plasmadas en el cristal del mostrador. Inmediatamente sacó una bayeta y limpia-cristales. Cuando hubo desaparecido todo rastro de la mancha, sólo quedaba en el ambiente el penetrante olor del líquido azul del limpiador. No quería que ese olor perdurara largo rato, así que abrió las dos blancas puertas del establecimiento durante un par de minutos. Al volver a cerrarlas, el olor a pan recién horneado ya había invadido toda la tienda. Ese olor, cuando reparaba en él, le hacía recordar su infancia. Sus juegos en esa misma calle, sus amigos que ya no están, aquellos que pasan casi a diario por la puerta y que, a pesar de su cercanía ya tampoco están. Murieron con el tiempo y fueron suplantados por aburridos padres de familia. Instintivamente volvió a comprobar la hora. ¡Las ocho y cuarenta y cuatro!. Estos últimos minutos se habían deslizado silenciosamente y habían salido por debajo de la puerta como si fuesen humo. Dio un salto, se cercioró de que la bata blanca que vestía no tuviera ninguna mancha, al menos visible, arregló un poco las pequeñas arrugas que habían quedado en la tela al estar largo rato sentado y se colocó, como cada mañana, en posición de espera. Se quedó mirando el segundero del reloj. La manecilla iba señalando cada latido de su cada vez más acelerado corazón y, cuando pasaban veinte segundos de las ocho y cuarenta y cinco, apareció. Ella iba vestida con un elegante traje azul. Chaqueta corta, elegante, inmaculada. Falda justo hasta las rodillas. La tela ajustada describía cada curva de su silueta, pero eso apenas se sentía con valor para fijarse detenidamente. Entró, como siempre, mirando en su bolso, pidió unas piezas de pan claras, poco horneadas y él le entregó las que había seleccionado para ella un rato antes. Las monedas sonaron al caer sobre el cristal mientras ella seguía buscando en su billetera si tenía suelto para el taxi. Al darle el cambio, sus dedos rozaron la palma de su mano e inmediatamente notó cómo un leve y placentero mareo hacía que tuviera que apoyarse con la otra mano en el lateral del mostrador. Recogió su bolsa y, sin levantar la mirada del billetero, desapareció después de pronunciar un escueto "Gracias, adios". Él la miró hasta que desapareció por uno de los laterales del exterior, el izquierdo, como siempre. El cóctel de alegría y deseos de un nuevo día dibujaron en sus labios una placentera sonrisa. Solo cabía esperar que al día siguiente, el blanco y redondo reloj de pared que tenía enfrente volviera a marcar las ocho y cuarenta y cinco.

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